Ernesto Águila

Pedir perdón nace del arrepentimiento y este último del sentimiento de culpa. En el caso de los reos de Punta Peuco importa dilucidar la naturaleza de esa culpa. Existe una culpa persecutoria, otra reparatoria y también existe la ausencia de culpa, como en las psicopatías, y cada una de estas formas de culpa da lugar a distintos tipos de arrepentimiento.

En la culpa persecutoria, el arrepentimiento nace del temor a que una falta quede al descubierto y sobrevenga la humillación, la vergüenza, el peso de la ley o el “castigo divino”. Suele ser este un arrepentimiento atormentado, al servicio, en última instancia, de reducir ansiedades persecutorias. En la sicopatía, la atrofia de la culpa no da origen a ningún arrepentimiento. En este caso, el arrepentimiento y la petición de perdón suelen ser parte de una fría y calculada actuación en beneficio propio.

Ni la culpa persecutoria ni la ausencia sicopática de culpa pueden dar origen a un genuino acto de constricción. Aquí el perdón es usado como una tecnología, se lo concibe estratégicamente para obtener una ventaja. El perdón se convierte en técnica cuando pedirlo no tiene consecuencias ni intención de reparación alguna (dar información, esclarecer la actuación propia, favorecer la justicia) o cuando apenas logra disimular la ganancia secundaria del gesto.

Al respecto, conviene leer algunas de las declaraciones de los reos de Punta Peuco. Claudio Salazar –uno de los autores del secuestro y muerte de Parada, Guerrero y Nattino- invoca a Jehová para que este perdone a los “sectores militantes” que denuestan su acto y agrega piadosamente: “no saben lo que hacen”. Es decir, los familiares de las víctimas o quienes desconfían de su arrepentimiento son a los que finalmente habría que perdonar. Expresa arrepentimiento por haber causado “dolores innecesarios” (vaya forma de referirse a las consecuencias de uno de los crímenes más crueles de nuestra historia). Luego recuerda que ya pidió perdón anteriormente, pero “sin obtenerlo de los destinatarios” (los únicos que podrían perdonarlo son sus víctimas y estas ya no están). Finalmente, vuelve a invocar a Jehová para que cambie esos “corazones duros que, con razón o sin ella, nos detestan sin darnos cabida en la sociedad”. No hay conciencia de lo obrado (podría haber razones para “detestarlo”, pero también podría no haberlas) y se cuela el propósito de volver a tener “cabida en la sociedad” (la búsqueda del perdón asociado a un beneficio carcelario).

¿Existe el verdadero arrepentimiento y un uso no técnico del perdón? Claro, pero se lo reconoce porque busca reparar -en medio de lo irreparable- el daño causado, contribuyendo, por ejemplo, a la justicia. En el verdadero arrepentimiento, la petición de ser perdonado debe ser un gesto gratuito, no perseguir beneficio secundario alguno, ni menos demandar una absolución de los familiares de las víctimas. A estos últimos no les corresponde moralmente ninguna otra obligación frente los victimarios que la demanda de más información y justicia.

 

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