Estimados compañeros y compañeras:

 

Todos los partidos – y el PS no es la excepción – deben cada tanto dar cuenta de su vigencia histórica. Es decir, deben enfrentar a la sociedad que reclaman interpretar y demostrar que están vigentes, en el sentido de que son interpelados por las necesidades y anhelos presentes en la realidad social y política de su tiempo. Si me he atrevido a aparecer ante ustedes, y en general, a asumir esta precandidatura presidencial, es porque creo que estamos en uno de esos momentos.

Y a veces, en esas condiciones, es útil mirar a nuestra historia. Uno de los momentos más críticos del Partido Socialista, en que se llegó incluso a dudar de su sobrevivencia, fue en 1946. En la elección presidencial de ese año, Bernardo Ibáñez, el candidato presidencial del Partido, obtuvo solo un 2,5% de los votos. Luego de su extraordinario impulso inicial al momento de su fundación, el Partido Socialista comenzó una etapa de crisis a comienzos de los años 40, dividiéndose y fraccionándose, hasta llegar a ese paupérrimo resultado electoral del 46. Sin embargo, solo un año más tarde veía la luz el Programa del 47 redactado fundamentalmente por Eugenio González Rojas. Una grave crisis encontró como respuesta una tremenda formulación intelectual que sentó las bases programáticas e ideológicas para la recuperación del PS en los años siguientes.

Hoy nuestra realidad es bien distinta: una militante del Partido es Presidenta de Chile y tenemos una de las bancadas parlamentarias más grandes del Partido Socialista en su historia. Sin embargo, creo que todos sabemos que nuestros cimientos hoy no son sólidos. En la última elección municipal perdimos 160 mil votos, sin que todavía tengamos una respuesta a dónde y porqué se fueron esos votantes. Tenemos un padrón de alrededor de 120 mil militantes y nunca hemos logrado que voten más de 35 mil. En los últimos años hemos visto retirarse del Partido a numerosos militantes y dirigentes. De los actuales 31 partidos legales existentes hoy en Chile en 15 de ellos hay ex militantes socialistas: el Partido por la democracia, el Partido Progresista, Revolución Democrática, el Movimiento al Socialismo, SOMOS, TODOS, Poder, Somos Aysén, etc. Nuestra presencia en los movimientos sociales ha disminuido y la presencia que aun mantenemos – que no es poca – funciona de manera autónoma y su voz no es escuchada en los órganos direccionales del Partido.

Junto a lo anterior, y lo que me parece más grave, el Partido Socialista no supo interpretar el movimiento de 2011, que no solo fue estudiantil, sino que tuvo componentes medioambientales, sociales y regionalistas, y que implicó un gran despertar ciudadano. Algo parecido nos ha estado pasando con el masivo movimiento de No + AFP. En todos estos movimientos surgía una demanda de transformación antineoliberal, y el Partido Socialista no se dejó interpelar por esa demanda.

A lo anterior se añade la pérdida de apoyo ciudadano al gobierno, los crecientes niveles de abstención, y la conformación de un movimiento de colectivos de izquierda – la iniciativa del llamado Frente Amplio – que desafía e interroga también sobre el rol y lugar del Partido Socialista en la política nacional y en la izquierda.

Cuando este cuadro es mirado en su conjunto resulta evidente que estamos en uno de esos momentos en que el Partido Socialista está interrogado sobre su rol en la política chilena. El Partido necesita dejarse interpelar por esta situación, y mostrar cómo el socialismo hoy interpreta las necesidades y anhelos de nuestra época. El futuro del Partido depende de que podamos hoy mostrar que su proyecto político responde a esas necesidades y anhelos, y que nuestra acción política responde a ese proyecto.

Es necesario mostrar a la ciudadanía que el Partido se entiende hoy interpelado, y que responder a esta interpelación es para nosotros una prioridad. Para esto, creo que en el tiempo que viene debemos asumir las siguientes tareas:

Debemos asumir un trabajo de reflexión que nos lleve a construir colectivamente un Programa del Partido que sea el equivalente actual del programa del 47, en el marco de la conmemoración el próximo año de los 70 años de este histórico documento. Debemos estar a la altura de ese desafío. Sin una reformulación del proyecto histórico del Partido seguiremos actuando sin una dirección clara y de manera coyuntural.

Solo con un esfuerzo de este tipo podremos asumir la acción política con pragmatismo. Porque es evidente que hay dos formas de pragmatismo: la primera es una demostración de sabiduría política, es la actitud del que entiende que la política no es solo reflexión intelectual sino acción en una realidad concreta, y está dispuesto a adecuar su acción a las características propias de la situación en la que actúa. Es el pragmatismo que está al servicio de un proyecto político. La segunda, por el contrario, es el pragmatismo que no está al servicio de un proyecto político sino lo reemplaza; es un pragmatismo que esconde el hecho de que no hay proyecto político alguno. El pragmatismo del Partido Socialista debe ser del primer tipo.

Debemos poner en el centro de la reflexión, y para eso debemos organizar un evento especialmente convocado al efecto, la cuestión de por qué el Partido ha visto disminuida su presencia en los movimientos sociales y cómo actuar para restablecerla. Lo primero que esto implica es volver a dar voz y capacidad de decisión en el Partido a sus dirigentes sociales. El Partido Socialista solo tiene sentido si vuelve a hundir sus raíces en el movimiento social.

Es verdad que hoy hay un problema general de divorcio entre la política institucional y los movimientos sociales, lo que podríamos llamar “lo social”. Pero este no puede ser un consuelo para nosotros. La izquierda, a diferencia de la derecha, no tiene poder fáctico, no tiene de su lado a esos que se ofenden si uno los llama “los poderosos de siempre”. El único poder que puede tener la izquierda es el poder político que viene de una ciudadanía organizada y movilizada. La desconexión entre lo político y lo social, entonces, afecta a la izquierda, no a la derecha.

Debemos repensar nuestra política de alianzas, dando un énfasis especial al dialogo y a la unidad de la Izquierda de dentro y fuera de la Nueva Mayoría. Reafirmar nuestra política de unidad con el centro, pero desde una clara ubicación del Partido Socialista en la izquierda. Sin este giro a la izquierda el espacio del Partido Socialista se va ir reduciendo cada vez más. Esto no es una mera predicción pesimista: es lo que de hecho ha ocurrido con otras formaciones socialistas en el mundo que, enfrentadas a un trance similar al nuestro, no supieron o no pudieron estar a la altura.

Debemos repolitizar y democratizar la vida del Partido. En sucesivas reuniones con diversos comunales y regionales he escuchado reiteradamente la misma queja militante: el Partido Socialista no ofrece a sus militantes instancias de discusión política, por lo que las decisiones del Partido son vistas por sus militantes como ajenas, como desconectadas de ellos mismos. Hoy la militancia no puede ser pensada con las categorías de hace varias décadas. La militancia es el pueblo en el partido, y por eso debemos abrir el partido a la ciudadanía a través de primarias abiertas. Lo que importa de esto es que debe haber transferencia del poder, desde las instancias centrales a los comunales y regionales. Poder real, poder sobre decisiones de candidatos y de la definición de plataformas programáticas.

Que el próximo Congreso Ordinario del Partido Socialista ha de ser un Congreso de Unidad. Formalmente hoy no existen otros “partidos socialistas”, pero el próximo Congreso debiera ser concebido como un gran momento de reencuentro de los socialistas, de incorporación de militancia joven, de volver a hacer del Partido Socialista un espacio de encuentro de la izquierda. Un gran momento de reencuentro del pueblo socialista con su Partido.

Esto debe ser parte de un intento más amplio: el de organizar un gran momento de reencuentro socialista y de la izquierda en el PS, convocando al amplio pueblo socialista. Se trata de un gran momento de reencuentro en que el partido se preocupa especialmente de entender por qué hemos sufrido la sangría que hemos sufrido, por qué hay tanto socialista desmovilizado.

 

He querido comenzar hablando del Partido Socialista, de su realidad actual y compartir con ustedes algunas ideas y propuestas. Pero el Partido solo tiene sentido si es capaz de ser una herramienta útil para transformar la realidad social, para cambiar la vida de la sociedad y de los trabajadores.

Hoy en día, nuestra tarea central de socialistas es enfrentar sin complejos el neoliberalismo.

Combatir sin complejos al neoliberalismo significar combatirlo en el plano de

las ideas. La libertad que no es igual para todos es privilegio;

los valores. Es evidente que la fraternidad o solidaridad es un valor más humano que el individualismo;

las políticas. De lo que se trata no es, por ejemplo, de “dar” algo de educación a quien no puede comprar, se trata de que todos tengan una educación que abra iguales oportunidades de desarrollo de la personalidad;

las formas de vida. “Chile” no puede ser el nombre de dos países, uno de consultorios, escuelas y hospitales y otro de consultas, colegios y clínicas. Debe ser la dimensión en la cual nuestros intereses son comunes.

No vamos a sacar a Chile del neoliberalismo de la noche a la mañana, ni en cuatro años de gobierno. Como ya está dicho, en la medida en que el Partido Socialista tenga claridad en cuanto a su proyecto histórico debe actuar en la situación concreta con toda la sabiduría y el pragmatismo que sea necesario. Debemos entonces tener clara nuestra orientación estratégica. Esta orientación no desempeña la función de un mapa, porque no nos muestra la ubicación del punto al cual queremos llegar, sino la de una brújula, que nos da orientación y nos muestra la dirección en la que debemos avanzar, incluso cuando el punto de llegada esté más allá del horizonte.

En cuanto a los desafíos concretos del momento actual, esta postura antineoliberal debe tener los siguientes componentes:

Primero, nueva constitución mediante asamblea constituyente, como el Partido lo ha decidido y ratificado en tres Congresos sucesivos. Hace muchos años vengo trabajando y sosteniendo la importancia que tiene dotar a Chile de una nueva Constitución Política a través de una Asamblea Constituyente. Es cierto, que el tema cada tanto pierde centralidad en la ciudadanía, pero como socialistas no podemos perder de vista que allí está la respuesta de fondo a la posibilidad de abrir paso a un nuevo modelo de desarrollo del país, y de devolver credibilidad a la política. Una nueva constitución no es solo un nuevo texto constitucional. Es una nueva forma política, una forma política en la que la ciudadanía sea efectivamente representada.

La forma política bajo la cual hemos vivido desde 1989 es, y fue planificada desde el principio para ser, neutralizada: se trataba de bloquear el despliegue del poder democrático. La razón es simple: quienes impusieron basados en la fuerza de las armas el modelo neoliberal sabían que dicho modelo no resistiría en caso de quedar sometido a la exigencia de legitimación democrática. Si ese modelo habría de sobrevivir al fin de la dictadura, solo podría ser en la medida en que la política democrática estuviera incapacitada, neutralizada. Y como se trata de una política neutralizada, ella no puede procesar demandas de transformación. Parte de los problemas que ha tenido el presente gobierno para llevar adelante su agenda transformadora es precisamente este: eso es exactamente lo que la institucionalidad de la república binominal, de la constitución neutralizadora, no puede hacer. Y es importante tener conciencia de esto, porque la experiencia muestra que en el pasado incluso esas medidas que han tenido pretensiones transformadores solo han podido ser aprobadas en la medida en que se convirtieran no en medidas transformadores, sino en medidas ratificatorias del modelo neoliberal. Así ocurrió, solo para citar algunos de los casos más notorios,

en 2003, con la ley de transparencia, límite y control del gasto electoral. Nos dijeron al dictarla que no era perfecta, pero que era un gran paso. Años después descubrimos que ella no había cambiado en absoluto las prácticas de financiamiento de la política, las modalidades y casos en que el poder económico se hacía con el poder político;

en 2005, cuando nos dijeron que se había dictado una nueva constitución, que ya no vivíamos bajo la constitución de Pinochet. Pocos años después nos dimos cuenta de que, aunque esa reforma había modificado cosas importantes, todo lo que era política decisivo seguía igual;

en 2009, cuando se derogó mediante un “gran acuerdo” celebrado con las manos alzadas, la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza y se dictó la Ley General de Educación. La derogación de la LOCE había sido la gran demanda del movimiento estudiantil en los años anteriores. Poco tiempo después nos dimos cuenta que el contenido transformador de la LEGE había desaparecido durante su tramitación, y que la LEGE era en cuanto a su contenido, una reformulación de la LOCE;

y en 2016, con la gratuidad (la lista, por cierto, no es exhaustiva). La derecha, usando el chantaje del Tribunal Constitucional, logró convertir la gratuidad, la medida que originalmente iba a significar la transformación de la educación de una mercancía en un derecho social, en un voucher más grande, ratificando de ese modo el modelo de mercado, aunque haciéndolo algo más humano.

La nueva política que corresponde a la nueva constitución debe ser una política no neutralizada, una política que efectivamente responda a las necesidades y anhelos de la ciudadanía. Parte importante de esto ha de ser el reconocimiento de la diversidad de Chile. Reconocer esa diversidad implica la transferencia real de poder a sus regiones, y el reconocimiento de la multiculturalidad del pueblo chileno. Esa multiculturalidad no ha de ser vista como una amenaza a una supuesta “identidad” chilena unitaria, sino como una oportunidad; una oportunidad para promover el desarrollo real y autónomo de sus pueblos indígenas; reconocer nuestra multiculturalidad como una oportunidad y no como un peligro es también parte de lo que debe informa una posición socialista sobre la cuestión de la inmigración.

Segundo, ampliación de los derechos sociales universales. Tratar la salud, la educación y la previsión social como derechos de ciudadanía y no como bienes que pueden transarse en el mercado. Debemos transitar del actual Estado neoliberal a un Estado Social. La ampliación de los derechos sociales es un imperativo de distribución delo poder. Por eso no es casual que un Estado que niega los derechos sociales fomente una cultura del abuso. Un sistema educacional en que las oportunidades no sean distribuidas conforme a la capacidad de pago, un sistema de salud y un sistema de seguridad social que sea efectivamente “social”, es decir, que esté informado por la idea de solidaridad que el socialismo opone al individualismo neoliberal.

La ampliación de los derechos sociales es la ampliación de la libertad, a transferir a los ciudadanos poder sobre sus vidas. Por eso la agenda de derechos sociales no se reduce a educación, salud y seguridad social. Al menos otras dos cuestiones deben ser incluidas aquí, en la medida en que están orientadas a ampliar el poder de los ciudadanos:

Una agenda laboral que tenga como meta la de aumentar el poder de acción colectiva de los trabajadores. Debemos empezar a sostener, sin complejo alguno, que los socialistas estamos por avanzar, gradualmente si es necesario, hacia una negociación colectiva pro rama de actividad.  Solo la hegemonía neoliberal nos impide ver que esta es la manera de transferir efectivamente poder a los trabajadores, construyendo un actor sindical fuerte y organizado.

También debemos estar a la altura de nuestra época en lo que se refiere a la agenda de género. Ya desde la dictadura fuimos testigos de cómo el poder ciudadano del género se fue constituyendo como un poder político efectivo. Las organizaciones de mujeres pobladoras en torno a ollas comunes, la marcha de Mujeres por la Vida, la obra visual de Loti Rosenfeld, el trabajo de Pedro Lemebel junto a otras y otros dieron fruto a una cultura de lucha y creatividad, que permitió en momentos de oscuridad construir nuevas esperanzas. Hoy los movimientos de identidad de género exigen ser reconocidos no sólo en el discurso, sino también en la vida. Reconocer la diversidad de identidades, incluyendo las de género, es también transferir poder, y por eso es parte de la agenda de derechos sociales en sentido amplio.

La tercera viga de un programa de inspiración socialista debe ser repensar nuestro modelo de desarrollo. Salir del actual modelo extractivista y rentista y pasar a un modelo que plantee un desarrollo económico y social. Necesitamos una economía más diversificada, que agregue valor a sus recursos naturales, que expanda y democratice el acceso a la innovación, que produzca servicios y bienes de mayor complejidad;

una economía que, consistente con la expansión del acceso a la educación superior de la población y la capacitación de sus trabajadores, genere trabajos más intensivos en conocimiento y salarios más altos, mejorando la distribución factorial;

una economía que reconozca, potencie y deje valor en las comunidades locales sin pasar a llevar su patrimonio cultural y ambiental;

una economía donde las empresas inviertan respetando la dignidad de sus trabajadores y lo que se premie sea la innovación y la productividad y no el abuso a consumidores, la elusión tributaria ni el daño ambiental.

Necesitamos un Estado moderno y con capacidades para proveer bienes y servicios públicos de calidad. Es decir, un Estado cuyo estándar no sea el de proveer un mínimo a quien no puede comprar en el mercado, sino un servicio que sea alternativo al mercado y que entonces pueda reemplazarlo;

un Estado con capacidad de articular proyectos productivos, de infraestructura, de construir alianzas con el sector privado y las comunidades, de apoyar la creación de valor sobre nuestros productos primarios impulsando la ciencia, la innovación, la creatividad;

un Estado emprendedor y dinámico. Es necesario reclamar desde la izquierda el tema del emprendimiento, poniendo el énfasis en cuestiones de innovación, colaboración, emprendimiento social. En efecto, una sociedad de ciudadanos dispuestos a emprender y asumir riesgos no tiene por qué ser lo mismo que una sociedad individualista como la que construye el neoliberalismo.

 

Queridos compañeros, lo he dicho en otras oportunidades: mi precandidatura presidencial está al servicio de promover y defender ideas y valores. De dar continuidad a un programa de transformaciones estructurales que se inició de manera imperfecta bajo el gobierno de la Presidenta Bachelet, pero cuya orientación y esfuerzo debe ser defendido y continuado. Los socialistas debemos hacer un esfuerzo para que el gobierno en este año que resta retome esa senda transformadora.

Mi precandidatura también está al servicio de una política que reconstruya la confianza con la ciudadanía. Por ello nuestra insistencia de resolver el tema al interior del Partido Socialista a través de primarias abiertas y ciudadanas. No entiende la política el que cree que las cuestiones de métodos y procedimientos son minucias, cuestiones puramente formales. La forma en que hacemos las cosas muestra el sentido de las cosas que hacemos. Lo que está en juego es si creemos o no que el desafío más grande que enfrentamos, y del cual dependerá en buena parte el futuro del partido, es el de reencontrarnos con la ciudadanía y devolver a la política su capacidad emancipadora.

 

Esta hoy en las manos del Partido Socialista, pero especialmente de sus militantes, volver a hacer del Partido esa herramienta de transformación social que un día fue. Se trata de estar a la altura de lo que el pueblo de Chile espera del Partido de Salvador Allende.

 

Muchas GRACIAS.

Fernando Atria

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