(26/11/2016)

Estimados dirigentes regionales, miembros del Comité Central, estimados compañeros, compañeras y amigos.

Agradezco a la Mesa del Partido la posibilidad de participar de este importante Pleno del Comité Central y así compartir con ustedes algunas ideas y reflexiones.

Cada época tiene una pregunta que la cruza. Luego de la efímera República Socialista del 4 de junio de 1932, Grove y Matte fueron relegados a Isla de Pascua. Desde ahí se plantearon la pregunta: ¿que faltó para el éxito de su proyecto revolucionario? Su respuesta fue clara: faltó un Partido. Había pueblo, un pueblo movilizado, pero no existía la voluntad colectiva, la fuerza organizativa, la identidad ideológica y la síntesis programática que significa un partido político. Faltó un partido, se respondieron, pero no cualquier partido: uno con voluntad transformadora, capaz de leer con lucidez las condiciones sociales y políticas de su tiempo. El resto es historia conocida: Grove y Matte junto a otros fundaron al año siguiente el Partido Socialista de Chile. Más de 70 años después, aquí estamos.

Los fundadores del Partido Socialista identificaron la pregunta correcta en el momento adecuado y la respondieron eficazmente. Debemos seguir su ejemplo e intentar identificar la pregunta de nuestra época. ¿Qué ha pasado que los ciudadanos y el pueblo han perdido la confianza en el sistema político democrático y en sus representantes? ¿Por qué no miran con esperanza sino con indiferencia, a veces con sorna, las posibilidades emancipadoras de la política? Que el pueblo desconfíe de la derecha es señal de conciencia de clase y lucidez, pero que desconfíe de la izquierda, del Partido Socialista, debe desconcertarnos. Debemos responder estas preguntas, y actuar para reconstruir los lazos entre la sociedad y el pueblo chileno con el Partido Socialista. Lo debemos hacer como condición para nuestro éxito político, pero también porque se lo debemos a todos los socialistas que nos antecedieron.

La decisión que el Comité Central hoy enfrenta mostrará la importancia que el Partido Socialista le asigna a la reconstitución de esos lazos. En efecto, una decisión de dirimir la cuestión presidencial mediante primarias abiertas a la ciudadanía sería una señal poderosa de que el partido es consciente de la fractura actual de su relación con esta y de su disposición actuar con decisión para repararla.

Sé que hay diversos pareceres respecto de la naturaleza de estas primarias. A mi juicio, las mismas razones que llevan a la conclusión de que el Partido debe decidir su candidato mediante primarias implican que estas primarias deben ser abiertas a la ciudadanía y al pueblo socialista. La razón es simple. Nuestro desafío no es hoy legitimar nuestro precandidato presidencial frente al Partido, sino legitimar al Partido y a ese precandidato frente a la sociedad, frente al pueblo.

Junto con las primarias a las que me he referido, el Partido debe mostrar a la ciudadanía que su decisión presidencial no está animada por una vacía ambición, sino responde a un proyecto político. Eso implica que el Partido debe asumir la tarea de elaborar un programa. Al referirme ahora a un programa del partido no estoy significando una lista de medidas a ser adoptadas por el próximo gobierno en caso de vencer en las próximas elecciones presidenciales. El programa que necesitamos es una orientación estratégica para los socialistas en las próximas décadas. Dados los desafíos de nuestro tiempo, necesitamos un texto análogo en cuanto a su profundidad y proyección histórica al programa de 1947. No es el mismo tiempo ni son las mismas respuestas, pero debemos recuperar ese sentido trascedente de la política que famosamente lograron expresar en ese documento Eugenio González y Raúl Ampuero. El próximo año se cumplen 70 años del Programa del 47. Debiéramos conmemorarlo pensando en asumir hoy un desafío similar.

Para el presente más inmediato, la primera cuestión es asumir sin ambigüedades una posición en la disyuntiva fundamental que enfrentará el país en la próxima elección. Ella se refiere a la significación política lo que ya se vislumbra como el legado de este gobierno. ¿Ha sido un modo imperfecto de iniciar un camino correcto de transformaciones estructurales, o ha sido un camino errado, un paréntesis que debe ser cerrado para volver a formas de gobierno y de gobernabilidad propias del periodo transicional? Yo creo que al plantear la pregunta del momento actual de este modo la alineación que corresponde al Partido Socialista resulta evidente. La primera definición del partido debe ser que se trata del inicio imperfecto y corregible de un proceso que a pesar de eso debe ser continuado.

La continuación de este proceso transformador debe estructurarse, a mi juicio, en torno a tres grandes ejes.

En primer lugar, Chile necesita una Nueva Constitución Política, elaborada por una Asamblea Constituyente.

Lo he venido sosteniendo desde hace muchos años: el modelo neoliberal está en el corazón de la actual Constitución Política, y ésta fue concebida para neutralizar la soberanía popular y para proteger una esencia neoliberal que no puede someterse, lo sabían sus autores, a la legitimación democrática. Chile no podrá salir del neoliberalismo sino a través de una nueva Constitución Política. Frente a esto, el partido Socialista debe liderar el proceso constituyente. Si no lo hace nadie lo hará. Los militantes socialistas ya decidimos el camino de la nueva Constitución y de la Asamblea Constituyente en el XXX Congreso y en el Congreso anterior. Es la hora de hacer cumplir y valer la voluntad mayoritaria del partido.

La nueva constitución no es solo un nuevo conjunto de reglas constitucionales: es una nueva política, una política legitimada porque supone una genuina transferencia de poder hacia la ciudadanía, hacia el pueblo de Chile. Esta transferencia de poder debe manifestarse en el mecanismo mismo de cambio constitucional pero también en una institucionalidad diseñada para dar poder, y no neutralizar, la política democrática. Parte ineludible de esta nueva política habrá de ser el reconocimiento de nuestra realidad multicultural y diversa. Este reconocimiento no puede ser solo una cuestión de palabras: implica una regionalización profunda y efectiva, una reio9nalización que sea asumida no como una cuestión administrativa sino como una cuestión de descentralizar el poder político.

En segundo lugar, debemos continuar la instalación de una noción de derechos sociales universales que dé contenido a la ciudadanía, de modo que la igualdad que nos caracteriza en tanto ciudadanos sea algo más que el igual derecho formal a votar y ser elegido y se proyecte a la educación, a la salud, a la seguridad social, a la distribución del poder en la empresa, a las relaciones entre hombres y mujeres.

El tercer eje es la superación del actual modelo extractivista y rentista por un modelo en que el Estado asume una función de guía y orientación, mediante una política industrial moderna y vigorosa. Sabemos que este, por lo demás, ha sido el camino de todos los países que han llegado al desarrollo sin recurrir a la explotación colonial.

El programa del Partido Socialista debe ser inequívocamente antineoliberal. Sin complejos. No debemos inhibirnos ni temer a una confrontación ideológica con el neoliberalismo. Lo que la sociedad y el pueblo espera del partido no es contemporizar ni hacer las paces con el neoliberalismo sino confrontarlo con decisión. No saldremos fácil ni rápidamente del neoliberalismo, de sus lógicas e instituciones, pero los próximos 4 años deben ser claves en la construcción progresiva de un modelo económico, social y cultural alternativo. Esa debe ser la orientación estratégica de los y las socialistas chilenos en la próxima etapa histórica.

Compañeros y compañeras:

No basta ideas. Las buenas y correctas ideas necesitan poder. Requieren de la construcción de la fuerza que las hagan posible.

Debemos retomar el dialogo con la izquierda. Ayer me reuní con la dirección del Partido Comunista y constatamos importantes coincidencias programáticas. También he dialogado con las fuerzas de izquierda que están fuera de la Nueva Mayoría. Es nuestro deber de socialistas contribuir a la superación de la fragmentación de la izquierda y trabajar siempre por su unidad. Allende siempre insistió como una política central del PS la unidad de la izquierda, de socialistas y comunistas, y Clodomiro Almeyda llamó la atención sobre el carácter plural de la izquierda chilena y la necesidad de reconocer en una perspectiva unitaria sus distintas vertientes ideológicas y culturales.

Esto no es contradictorio con dialogar y buscar acuerdos con el centro político, y específicamente con la Democracia Cristiana. Ese dialogo y unidad debe hacerse sobre una clara identidad y anclaje del PS en la izquierda.

La construcción de esa fuerza por los cambios requiere también que el Partido Socialista recupere su espacio en los movimientos sociales. No tiene sentido una política socialista y de izquierda que no se nutra de los actores y movimientos sociales. Allí radica su fuerza y su razón de ser. Debemos procurar un modo de ser gobierno que obtenga su fuerza de los movimientos sociales. Un gobierno de izquierda debe ser capaz de construir una gobernabilidad participativa.

Para terminar, permítanme reiterar que el Partido Socialista no puede ignorar la decisiva coyuntura histórica de 2017. Tiene que hacerlo con una precandidatura propia, con un Programa y con un mecanismo que abra nuevamente sus puertas a la sociedad chilena y al pueblo socialista.

Grove y Matte comprendieron a comienzo de los 30 que no bastaba un pueblo movilizado, ni siquiera un liderazgo carismático, sino que se requería una organización y una voluntad política colectiva que la hiciera posible. Hoy es lo mismo. Necesitamos que el Partido Socialista lea correctamente este tiempo y que fiel a sus principios retome su misión histórica de trabajar y luchar por la emancipación de los trabajadores manuales e intelectuales de nuestra patria, por la democracia, la igualdad y el Socialismo.

Muchas gracias.

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