26 de junio: 108 años del natalicio de Salvador Allende ¡Tiempo más que suficiente para pasar al olvido!

Sin embargo, desde su muerte, su figura ha estado presente en los diversos episodios que constituyen la historia del tiempo reciente de nuestra nación. El respeto adquirido como estadista por el intento de transformación a través de la vía político-institucional, se convirtió en admiración universal por el combate en defensa de la institucionalidad que estaba (de) construyendo. Durante los años de la dictadura fue referente obligado en la lucha abierta, legal e ilegal con el susurrante Allende Vive; pero, en el período de la transición, por diversos motivos, su figura y legado fueron relegados a un incómodo silencio. Ahora bien, en estos momentos de pos transición, en que comienza a abrirse paso una severa crítica al tipo de sociedad en que culminaron los esfuerzos democratizadores, la figura de Salvador Allende vuelve a emerger abriéndose un debate entre el silencio inducido y la expansión de su memoria.

Los militares, en alianza con los poderes fácticos, dieron forma a la transición del capitalismo de Estado al Estado neoliberal en los momentos de inicio de la recomposición mundial del capitalismo (1974). Este es un dato que no puede estar fuera del análisis, porque la transición de un régimen militar a un gobierno civil, el modelo sociológico funcionalista conducido por P. Aylwin, al no poder vadear los enclaves autoritarios, mantuvo los pilares neoliberales, corrigiéndolos. Bajo la fuerte presencia autoritaria, la transición en su primera hora relegó la posibilidad de enjuiciar el pasado y activó los mecanismos de la amnesia historicista. En este contexto, ya no se requería de un Salvador Allende forjador de la idea del cambio social, sino un mito identitario, dirigido a la reconstrucción de la democracia liberal, prontamente devenida en democracia tutelada. Pero, no fue todo, la colonización cultural del empresariado también condenó al ostracismo a la teoría crítica despojando a la izquierda de su utillaje intelectual, explicación del pragmatismo que la está caracterizando.

En la transición al neoliberalismo corregido, la presencia de Allende constituyó, evidentemente, un fastidio para la política de alianzas, para la conversión del núcleo dirigente y para la obsecuencia de la burocracia cortesana. Aún más, en el nuevo Estado excluyente y rentista, ortodoxos y renovados, al abandonar el campo teórico, quedaron imposibilitados para entender el cambio de la estructura social, alejándose de los viejos grupos sociales del período nacional-popular sin llegar a reconocer tampoco a los nuevos componentes del ciclo neoliberal, excluyendo así la representación de ambos,  arrojándolos a la periferia del sistema binominal. Un factor más de incomodidad en la medida que el allendismo  presupone la politización de la sociedad para romper con el monopolio de los aparatos ideológicos, primer paso de una política de alianzas orientada a ganar conciencias para lograr la mayoría  y ensayar la vía político-institucional. En fin, ese camino que despolitizó  a la sociedad, se reprodujo en el partido político,  repercutiendo en la molestia ciudadana que  recorre Chile.

Este es también el resultado de la presencia posmoderna en los patios de La Moneda. Al perder trascendencia la política, el tiempo se transformó en inmediatez, en “presentismo”, un presente sin futuro, sin utopía. Un presente que tampoco necesita del pasado, oprimido ahora por la amnesia inducida. Sin pasado y sin futuro, la acción política se enfoca en el momento-presente llegando a considerarse como naturales la inercia política y  el modelo económico, el gran triunfo cultural del empresariado. En este contexto es inconcebible la crítica al sistema. Lo que afligiría a la ciudadanía, entonces, es una cierta incertidumbre relativa a la precariedad y un reclamo por la desigualdad, sin  relacionarlo con el problema de fondo, el neoliberalismo. En fin, la naturalización del pensamiento neoliberal pone otra incomodidad, porque la de Allende es una mirada de futuro, constituido  por un proyecto de sociedad, un programa de gobierno, una estrategia y una línea política para el período.

El panorama presente es complejo pese a los esfuerzos por reformar el sistema. Por lo tanto, ¿qué mejor homenaje  que ejercer la crítica?  El fin de los atropellos (desapariciones, torturas), los avances democráticos, la inserción internacional, las correcciones en el plano de la economía, se fueron estancando con el correr del tiempo, tornándose además colectiva la despolitización ciudadana. El resultado es preocupante, porque el campo cultural hegemónico terminó impidiendo observar diáfanamente que la globalización neoliberal es motivo de disputa, que el sistema político es excluyente, que el principio de subsidiaridad es lesivo a la mayoría, que el individualismo aherrojo a la solidaridad y, que aún se discrimina a las mujeres. En otras palabras, se ha naturalizado la privatización de la vida, sin considerar que quebrantó el rol de ascenso social asignado a la educación, arruinó el sistema hospitalario estatal  y condenó a la mayoría a una vejez indigna.

En ese sentido nuevamente está presente Salvador Allende en circunstancias que, por ejemplo, habiendo forjado el Frente Popular y habiendo ejercido como Ministro de Estado, advirtió de sus desviaciones exigiendo rectificaciones (1943), un esfuerzo casi desesperado para impedir la derechización del gobierno y el naufragio de la organización y su transformación en mera fuerza-apoyo del emergente capitalismo de Estado. En suma, un homenaje posible, es el análisis descarnado de la realidad para mejorar rumbos sin excluir a nadie. Por eso, desde este punto de vista, resultan incongruentes los homenajes que lo ubican en el mausoleo republicano solo como una personalidad notable, transformándolo en página muerta y formal al despojarlo de su rol de dirigente del proyecto de cambio social.

 

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