El año 1990, una breve pero sustantiva polémica, fue expresión de distintas miradas sobre la “renovación socialista”. También indicaban distintas direcciones del proceso político chileno que se iniciaba. No solo para una comprensión más compleja del proceso de transición chilena, sino por la vigencia que hoy tiene para la izquierda la recuperación del concepto de hegemonía, nos ha parecido interesante reproducir este debate, con una breve introducción de Guaraní Pereda.

Los 4 artículos que reproducimos a continuación –publicados en el diario La Época- reponen viejos temas del socialismo y el marxismo que hoy, a la luz de los cambios que se procesan en el pensamiento socialista internacional y nacional, permiten ir perfilando enfoques y tendencias intelectuales que se reclaman igualmente renovadoras.

José Joaquín Brunner –sociólogo, ex Director de FLACSO, presidente de la Comisión Nacional de Educación Superior designada por el Presidente Alywin-, es ampliamente conocido por sus trabajos sobre temas culturales y la educación. Antonio Cortés Terzi –sociólogo, investigador del Centro AVANCE-, es autor de varios ensayos sobre el pensamiento y la política de la izquierda chilena y se ha especializado en la obra teórica de Antonio Gramsci.

En esta corta polémica han abordado dos cuestiones fundamentales: el concepto de hegemonía en el marxismo y en Gramsci, y la relación entre hegemonía y democracia.

Brunner plantea, en primer lugar, que Gramsci “no fue un pensador democrático”, no obstante reconocerle creatividad y tener presente las difíciles condiciones (enfermo y en la cárcel) en que elaboró gran parte de sus reflexiones. El no democratismo de Gramsci radicaría, según J.J. Brunner, en su concepto de hegemonía, que debe ser entendido en una de estas dos formas: o como “la dirección del proletariado sobre las clases y grupos con intereses afines y convergentes”, o como “la naturaleza de la dominación burguesa en la sociedad capitalista”. Se trataría, como definición general, de “la expansión del poder intelectual y político de una clase o grupo que se vuelve por eso dirigente en la sociedad y eventualmente conquista el Estado”.

En síntesis, el concepto de hegemonía gramsciano no superaría la idea de dominación de clases propia del marxismo, a la que Brunner no considera democrática.

Antonio Cortés, por su parte, rechaza la interpretación que Brunner hace de la idea de hegemonía concebida por Gramsci. Hegemonía, en lectura gramsciana, de acuerdo a Cortés se identificaría con un “poder consensual” que surge de “una cultura que hegemoniza lo social en cuanto a fines políticos deseados”, en un “espacio en el que han competido las diversas filosofías políticas…” Así entendida, la hegemonía no deviene en la imposición de un “interés de clase” sobre otras clases (criterio reduccionista), sino que es el resultado de una competencia entre pensamientos, visiones o ideas políticas, que culmina en un consenso, es decir en nuevos valores socialmente compartidos que son distintos a las propuestas que originalmente entraron en competencia.
Estrechamente vinculado a lo anterior es el tema de la relación entre democracia y hegemonía.

Brunner, como dijimos, considera que el concepto gramsciano de hegemonía no es democrático, ni puede ir en respaldo de la democracia, pues ésta “no hegemoniza’ los fines políticos, si no que permite que ellos se multipliquen y expresen continuamente en su diferencia…”

Por el contrario, Cortés afirma que “la democracia no es ni ha sido nunca un sistema que se limite a reproducir diferencias” sino que “tiende también a la superación del conflicto”. En definitiva, sostiene Cortés, “toda contienda democrática opera en dirección a gestar hegemonías”.

La contradicción que Brunner ve entre hegemonía y democracia implicaría una cierta quietud social e histórica de la propia democracia, en tanto los diversos “fines políticos” (pensamientos, ideas, filosofías) podrían subsistir indefinidamente, debido a que la mayor anuencia social de unos jamás llevaría al desaparecimiento de otros. Cabría pensar, razonando así, que el pensamiento y la cultura esclavista de la Grecia antigua debería estar presente y compitiendo hoy como una opción no sólo legítima sino con posibilidad de materializarse en formas de vida y sistema político.

La proposición de Cortés, en cambio, admite tanto la posibilidad o el derecho a la competencia de todas las “filosofías políticas”, como la inevitabilidad (por la propia dinámica de la disputa) de que en esa emulación unos (no uno) planteamientos se expandan y otros languidezcan, dando lugar a una evolución del ideario compartido por la sociedad que cristaliza en un nuevo “poder consensual”.

La polémica quedó, por el momento, ahí.

Guaraní Pereda


GRAMSCI: DERECHA E IZQUIERDA

José Joaquín Brunner
La Época
1 marzo 1990

Existe una cierta moda en los círculos intelectuales de derecha que consiste en adjudicar a la renovación socialista un plan más o menos siniestro que ellos suelen atribuir a la inspiración de Gramsci. Incluso, un personero anónimo declaraba en días recientes que el futuro Presidente había actuado “gramscianamente” al poner a disposición de los socialistas la cartera de Educación y las comunicaciones. No se sabe si tomar en serio tales enunciados o si acaso sería mejor desahuciarlos como una broma.

En realidad, Gramsci es un pensador sutil y complejo, gran parte de cuya producción intelectual se contiene en sus fragmentarios cuadernos escritos en la prisión. Entre sus múltiples preocupaciones, el dirigente e intelectual del Partido Comunista italiano tuvo una muy principal: la relación que existía entre la política y la cultura. Postuló, al efecto, que toda cultura nacional expresa la conducción política y moral de un grupo social, fenómeno que formaría la base de la hegemonía de ese grupo en la sociedad.

Dicha hegemonía podría rastrearse en la literatura y el lenguaje, en los símbolos prevalecientes y en la educación, en el “sentido común” de una época y, en general, en toda la organización institucional de la cultura de un país.

Como análisis político-social de la cultura, es probable que Gramsci no anduviera descaminado. De hecho, sus análisis anticipan lo que luego vendría a ser el hilo conductor de la moderna sociología de la educación y la cultura.

Sin embargo, la propuesta de Gramsci era, además, una propuesta política. Buscaba promover una transformación y renovación de la cultura italiana de su tiempo, bajo el impulso de un nuevo “bloque histórico de poder” que debía representar a los sectores populares de ese país. Aspiraba, pues, a proporcionar a la sociedad italiana una nueva configuración hegemónica, capaz de reorientar y transformar la cultura y su entramado institucional.

Mirada la propuesta gramsciana en perspectiva, ella no tiene nada de siniestra y en los hechos se ha traducido, enriqueciéndose continuamente, en las políticas impulsadas por el PC italiano, una de las fuerzas avanzadas y democráticas de Europa.

Pero Gramsci, qué duda cabe de ello, no fue un pensador democrático. Permaneció atrapado en una concepción hoy obsoleta del poder y de la sociedad. Por eso mismo, las varias “lecturas” y “usos” de Gramsci realizados en el contexto de la renovación socialista chilena han sido, por lo general, revisionistas e innovadores. Gramsci ha servido, más bien, como un trampolín para criticar al leninismo y, ulteriormente, para superar cualquier marxismo adocenado y reductivista. Su lectura ha permitido revalorizar los temas de la cultura y poner en discusión las relaciones de ésta con la política en el marco de un régimen democrático. Y en este último ámbito, efectivamente, ya no cabe seguir a Gramsci sino que sólo puede invocárselo como el modelo de un pensador que, contra la prisión y su progresivo debilitamiento físico, quiso pensar en serio y con la libertad que le permitía su medio, su formación y su época.

Respecto a que los socialistas en el nuevo gobierno hayan “recibido” la Educación y las comunicaciones (“gramscianamente”) no pasa de ser una tontera, claro está. La Educación y las comunicaciones son tareas de todos los chilenos (incluidos los socialistas, por cierto) y no deben ser sujetas a manipulación partidista alguna, sino al exclusivo principio de su regulación democrática.

BRUNNER: LA RENOVACIÓN QUE IGNORA

Antonio Cortés Terzi
La Época
5 abril 1990

José J. Brunner ha acertado al salirles al paso a los afanes de la derecha por querer ver en la renovación socialista un proceso conspirativo inspirado en el pensamiento de Gramsci (véase al respecto su artículo “Gramsci: Derecha e Izquierda”, La Epoca, 1º de marzo de 1990).

Un rasgo que caracteriza a la derecha con pretensiones intelectuales es que conjuga casi con perfección fatuidad con superficialidad de pensamiento. La perspicaz concepción gramsciana acerca de los consensos en los que se ampara un orden social y la necesidad de crear nuevos consensos (o nueva hegemonía) para los efectos de la transformación social pretendida por el socialismo, está leída con extrema vulgaridad por la derecha e interpretada como un simple ardid o estratagema del marxismo.

Esta franca grosería intelectual es la que Brunner refuta despectivamente. Pero Brunner no detiene allí su crítica. De paso, y después de algunos elogios, las endilga contra Gramsci definiéndolo categóricamente como un pensador no democrático. Más que incierta, ésta es una afirmación errónea y entraña un juicio más genérico que alude, por cierto, a esencialidades del marxismo. En efecto, si Gramsci “no fue un pensador democrático”, resultaría muy difícil identificar vertiente marxista alguna que sea democrática.

Es hoy evidente que desde experiencias de origen marxista surgió una derivación dogmática que dio lugar a ideologías y prácticas autoritarias. Pero Gramsci es, precisamente, uno de los autores que más tempranamente reaccionó contra el fenómeno de dogmatización oficializada, inscribiéndose y continuando las tradiciones de un marxismo superador de todo dogmatismo, por ende, volcado a responder al problema de la libertad humana que en el orden de lo social y lo político no es sino el problema de la democracia.

Por eso inicialmente sorprende la enfática aseveración de Brunner sobre el carácter no democrático del pensamiento de Gramsci. Reconociendo el rigor analítico de los escritos de Brunner, no es muy congruente pensar que se trata de un juicio equívoco por mala interpretación de la elaboración gramsciana. Tenemos que inferir que esto es el resultado de un desconocimiento de la fuente original de la concepción criticada, o sea de Gramsci mismo. Para demostrar que nuestra inferencia tiene asidero, bástenos aludir a dos temas expuestos por Brunner.

El primero se refiere al concepto de “bloque histórico de poder”, que en el artículo en cuestión está atribuido a Gramsci. En realidad la categoría gramsciana, sustraída de Sorel, es “bloque histórico”, sin el agregado “de poder”, agregado que le da una connotación político-orgánica jamás contemplada por Gramsci en ese concepto.

Pero más indicativo de lo que señalamos es la descripción que hace Brunner de este “bloque histórico de poder”. Para él, el nuevo bloque sería una figurarepresentativa de los sectores populares que impulsaría la transformación cultural para configurar una nueva hegemonía. Pues bien, ésta es una reducción vanguardista que no se condice con la concepción gramsciana. La noción en Gramsci no se refiere ni a representaciones ni a impulsos, sino al proceso y al resultado de una política destinada a crear un nuevo momento cultural que permita el consenso de la sociedad para el cambio social.

Brunner acusa a Gramsci de no democrático por haber permanecido “atrapado en una concepción hoy obsoleta del poder y de la sociedad”. No nos ilustra acerca de cuál es esa concepción ni quién declaró su caducidad. Pero sí sabemos en qué sentido piensa Gramsci el poder idóneo al proyecto socialista. La clave está en su concepto de hegemonía, o sea de poder consensual, que no significa el poder ejercido por un grupo sobre los restantes a través de los recursos tradicionales privilegiando la manipulación ideológica. Significa un poder sustentado en una cultura que homogeniza lo social en cuanto a fines políticos deseados y que se han construido desde lo social mismo, espacio en el que han competido las diversas filosofías políticas –también el sentido común- y cuyo resultado final no es nunca idéntico a alguno de los proyectos originales. A la letra de Gramsci: “La filosofía de una época no es la filosofía de tal o cual sector de las masas populares: es la combinación de todos estos elementos que culmina en una determinada dirección y, en la cual, esa culminación se torna norma de acción colectiva…”

Esta explícita radicalidad democrática en el pensamiento de Gramsci es lo que le confiere actualidad a su pensamiento y sirve de antecedente teórico privilegiado para una tendencia marxista dentro de la renovación socialista, tendencia a la que –qué duda cabe- ha dejado de pertenecer J.J. Brunner.

GRAMSCI: UN LEGADO POLÉMICO

José Joaquín Brunner
La Época
21 mayo 1990

La polémica en torno al legado teórico y político de Gramsci ha dado lugar en el mundo a una copiosa literatura. Entre otras razones, porque el propio Gramsci escribió profusamente y en condiciones muy difíciles (un largo tiempo en la cárcel, hasta morir), sin llegar a construir un cuerpo organizado y coherente de ideas.

Más bien, sus innumerables aportaciones son fluctuantes y parciales, al punto que las propias categorías centrales del análisis gramsciano son empleadas de manera diversa en el contexto de su obra, alimentando una variedad de interpretaciones.

De lo que no parece caber duda es que una de esas categorías centrales –la de hegemonía, cuyo origen se remonta a los primeros pensadores del movimiento revolucionario ruso- ha perdurado hasta hoy en el lenguaje político de las izquierdas, envuelta en una nube de confusiones.

A propósito de mi propia comprensión de dicha categoría se me ha criticado recientemente en esta columna de opinión, tanto de “un desconocimiento de la fuente original” (o sea, los escritos de Gramsci) como de hacer afirmaciones erróneas, al haber sostenido que el pensador italiano “no fue un pensador” democrático”*.

Al leer las recriminaciones de mi contradictor, no he podido dejar de escuchar los ecos de aquella frase tajante de Lenin, en que sostiene que “renunciar a la idea de hegemonía es la forma más cruda de reformismo en el movimiento socialdemócrata ruso”. Bastaría sustituir la última cláusula por la de “el movimiento de renovación socialista chileno”, para reflejar el sentido último de la columna de opinión que comento.

En cuanto al fondo del asunto. Discrepo, efectivamente, con la idea de que la noción de hegemonía puede reducirse a la de un “poder consensual” obtenido tras la competencia de “filosofías políticas” variadas. En Gramsci al menos, según me parece a mí, no puede sustentarse dicha interpretación, pues en sus escritos ella refiere a una de dos ideas matrices:

1) O bien a la dirección del proletariado sobre las clases y grupos con intereses afines o convergentes (principalmente el campesino), que por lo mismo no son sometidos por la fuerza, sino subordinados a una ideología y una estrategia dirigida por el partido de vanguardia de la clase obrera.
2) O bien a la naturaleza de la dominación burguesa en la sociedad capitalista, que se expresaría habitualmente bajo una doble modalidad: como fuerza y consentimiento.

Ahora, si la idea de hegemonía pudiera reducirse a la de “consenso” (supraclasista), como parece sugerir mi contradictor, de seguro perdería todo interés para el marxismo, pues quedaría separada de su soporte de clase, que es precisamente donde reside su sentido último para los marxistas.

En efecto, la hegemonía –en sentido gramsciano- es por decirlo así un “consenso” especial, basado en la expansión del poder intelectual y político de una clase o grupo que se vuelve por eso dirigente en la sociedad y eventualmente conquista el Estado.

Como señala mi crítico, esta vez más cerca de la marca, hegemonía “significa un poder sustentado en una cultura que hegemoniza lo social en cuanto a fines políticos deseados y que se ha construido desde lo social mismo, espacio en que han competido diversas filosofías políticas…”

Esa “homogeneización” de los fines políticos, que primero se construye desde lo social y luego se manifiesta desde el Estado, es lo que yo entiendo, precisamente, como un pensamiento no democrático. La democracia, en efecto, no “homogeniza” los fines políticos, si no que permite que ellos se multipliquen y expresen continuamente en su diferencia, dando lugar así a la alternativa de grupos y partidos en el gobierno y a una ininterrumpida competencia de proyectos ideológicos y programas políticos.

No es que mi contradictor postule como meta de la política socialista la dictadura del proletariado. Pero lo cierto es que la hegemonía entendida como homogeneización de fines políticos y superación (por la homogeneidad) de la competencia entre proyectos disímiles, una vez que se expresa estatalmente, se parece mucho a esa anterior figura combinando el carácter coercitivo de la dictadura con su otro aspecto, el de la expansión del consentimiento. Como escribió alguna vez el propio Gramsci: “La dictadura del proletariado es expansiva, no represiva”. Y, más tarde, definió así la “cuestión de la hegemonía del proletariado”: como “el problema de la base social de la dictadura proletaria y del Estado obrero”.

Pero, como decía antes, Gramsci fue un pensador creativo y nada dogmático. Por eso mismo, su noción de hegemonía aparece ligada, en otros contextos, a diferentes concepciones de la política, del Estado y la sociedad.

Lo que no creo que pueda alegarse, en cambio, es que su pensamiento podría servir para fundar algo que en sí resulta contradictorio: una hegemonía (de clase) como base social de la democracia. A menos que estemos pensando en esas “democracias populares” que se desploman ahora como un castillo de naipes. *Antonio Cortés, “Brunner: la renovación que ignora”; La Epoca, 5 de abril de 1990.

SOCIALISMO RENOVADOR: HEGEMONÍA Y DEMOCRACIA

Antonio Cortés Terzi
La Época
10 julio 1990

Superado el ideologismo revolucionario que afectó episódicamente al socialismo chileno –o reducido a expresiones que asemejan nostalgias folclóricas-, los debates han vuelto la racionalidad y realidad política y devienen en “cosa pública”.

Dada esta apreciación es que he considerado proseguir la polémica con J.J. Brunner, iniciada en esta misma columna.

La discusión ha versado sobre el pensamiento de Gramsci, básicamente en lo que se refiere a la categoría de “hegemonía” y su relación con la democracia.
En contrarréplica a mis opiniones, Brunner (Gramsci: Un legado polémico”, La Epoca, 21 de mayo de 1990) ha insistido en dos ideas centrales. Primero, que la noción gramsciana es contradictoria a la democracia. Y, segundo, que la democracia “no hegemoniza fines políticos, sino que permite que ellos se multipliquen y expresen continuamente su diferencia”.

Reitero que en estas críticas persiste el desconocimiento de la obra gramsciana.

Brunner, en realidad, resiste al concepto de hegemonía que se encuadra en determinada tradición marxista, pero que no es el de Gramsci.

En la concepción gramsciana no hay reduccionismo clasista, aun cuando exista un vocabulario de clases.

El proceso de construcción hegemónica concebido por Gramsci, muestra tal grado de mediaciones, que resulta imposible deducir una hegemonía clasista en su sentido sectario y reductivo.

Tampoco existe en él la idea de una subordinación de grupos no obreros a una ideología externa. Supone Gramsci que la hegemonía se alcanza a partir del sentido común, de las prácticas que culturizan lo popular y ello vinculado a la “filosofía de los filósofos”. Es decir, la hegemonía resulta de pluralidades y diferencias.

Con especial atención hay que observar la concepción gramsciana del Estado, cuyo énfasis está puesto en el papel de conductor “moral” o “intelectual” de la sociedad. Para el intelectual sardo, el Estado hegemónico es “la misma sociedad ordenada”. Es decir, una sociedad homogenizada en torno a valores y normas compartidas consensualmente. Así, la democracia no podría existir sin hegemonía, esto es, sin valores socialmente compartidos que la sostengan.

En un Estado hegemónico se torna plausible la democracia como sistema que permite la diferenciación continua de los fines políticos, según la definición de Brunner.

Aun en este punto persisten las discrepancias. La democracia no es ni ha sido nunca un sistema que se limite a reproducir diferencias, como parece desprenderse del artículo en cuestión. Tiende también a la superación de conflictos. O sea, acepta la evolución y el cambio social.

Por otra parte, lejos de ser antagónica la democracia con la búsqueda de hegemonía, su relación es indisoluble. Toda contienda democrática opera en dirección a gestar hegemonías. Hoy, por ejemplo, la Concertación ha de intentar reponer una hegemonía que destierre o minimice los valores militaristas y autoritarios.

Una última aclaración. Brunner formuló varias inferencias de mis opiniones. Escuchó hasta ecos de Lenin. No me aterroriza que se me asignen tales vínculos. Si de ecos se trata, respondo con una hipérbole de J.L. Borges: “La lengua es un sistema de citas”.

La inferencia que me importa es aquella en la que Brunner “descubre” el “sentido íntimo” de mi escrito: calificar de reformista a la renovación socialista. Confieso –para que no haya que inferir nada- que mi preocupación de fondo no es el reformismo, sino el conservadurismo que se trasluce en algunos postulados de una de las corrientes renovadoras.

La renuncia a pugnar por un nuevo cuadro hegemónico, en el sentido gramsciano, reduce la democracia a una vulgar técnica administrativa de lo social y al socialismo a un simple reclamo moral ante las injusticias, pero que, de facto, claudica ante la realidad y auto-elimina su vocación transformadora.

Por esta vía, se llega fatalmente a la negación de toda la orientación histórica del socialismo chileno, incluida, por cierto, su máxima expresión político-ideológica: el allendismo.

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