Por Patricio Quiroga Z.

En efecto, Fidel y su generación concluyeron, en un proceso ininterrumpido, el acto independentista que encabezó J. Martí uniendo la independencia nacional  (1898) con el inicio de la construcción del socialismo. Entre la independencia y el inicio de la revolución (1953) medió tan solo medio siglo, lo que entrelazó las tareas de formación del moderno Estado-nación y las de la construcción de una nueva sociedad, hecho acelerado por el paso de una revolución nacional-popular (1959) a socialista luego del desembarco de una fuerza contrarrevolucionaria cubana preparada en Estados Unidos (1961). De esa manera, la declaración del carácter socialista de la revolución dio inicio a un proceso que ubicó a Cuba en el centro de tres gravitantes actos; a saber; el del paso al socialismo en un país de la periferia, la apertura de un nuevo ciclo en la historia continental, y la transformación de la pequeña isla en un referente mundial. Tres factores, que entrecruzados con la vida del Comandante lo convierten en un hito referencial único.

La declaración del carácter socialista de la revolución coincidió con una tendencia histórica  altamente compleja y que solo puede ser entendida en ese contexto. El paso de una revolución con mucho de nacionalismo a la etapa socialista se concertó con  acontecimientos muy importantes tras la segunda guerra mundial como fueron la consolidación de un sistema socialista que intentaba desprenderse del dominio del sistema-mundo y de una economía mundial, hegemónicos desde el siglo XVI. Pero, esta era una parte de la medalla, la otra la constituyó el fin del sistema colonial del capitalismo en el estadio del capital monopólico y el consiguiente desarrollo de los movimientos de liberación nacional. Por otra parte, la recomposición universal del capitalismo de posguerra, caracterizado por los procesos de industrialización acelerados por el desarrollo del capitalismo de Estado, había configurado una poderosa clase obrera, especialmente en los países centrales y algunos periféricos, en tanto sectores de la semiperiferia clamaban aún por la independencia. En este contexto, considerado como de cambio mundial, se hizo presente la revolución cubana.

La revolución de “los barbudos” fue una revolución que se transformó en una especie de faro para los “condenados de la tierra”, en palabras de F. Fanon. Pero, el camino no fue fácil, como lo refleja una rápida mirada al año I de la revolución. La imposición de políticas socio-económicas de carácter igualitarista, acompañadas con la confiscación de compañías petroleras, eléctricas y telefónicas norteamericanas, sumadas a la decisión de impulsar nacionalizaciones y dar curso a la reforma agraria, agrío la relación con el país del norte. No obstante, Fidel viajaría a las Naciones Unidas y se entrevistaría con R. Nixon. La reacción de la Casa Blanca fue rápida y se inició con la suspensión de la cuota de azúcar en el mercado norteamericano y con atentados de gran magnitud, hechos reforzados a mediados de 1960 con un segundo embargo que abarcó todo el comercio, preludio de una tormenta mayor cuando en una situación de extrema tensión una fuerza de invasión se dirigió a Cuba desembarcando en Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Entonces, bajo estas difíciles condiciones (bloqueo, subdesarrollo, aislamiento, inexperiencia) se inició la construcción de una nueva sociedad en el hemisferio sur, fenómeno excepcional también por la cercanía geográfica con Estados Unidos, aspecto que fue reconocido por una izquierda mundial que redobló sus esfuerzos por apoyar el cambio. Empero, la fortaleza principal de este proceso reside en la ligazón entre dos momentos históricos, el de la independencia y el de la construcción del nuevo Estado.

Luego, con una revolución bloqueada, con bandas contrarrevolucionarias operando en los Montes Escambray, con objetivos por superar (analfabetismo), en otras palabras con una revolución que luchaba por la supervivencia, los cubanos dieron inició a la década larga en América Latina (1959-1974). Luego de la I y II Declaración de La Habana, proclamada por Fidel  (1960, 1962),  la revolución intentó tomar el cielo por asalto con el apoyo a diversas guerrillas en el continente (Guatemala, Venezuela, Perú, etc.). En ello había una doble racionalidad: la supervivencia y la contribución a la revolución mundial, contexto en que, uno de sus máximos líderes ofrendo su vida en Bolivia, como fue el sacrificio del Ché.  La década larga se caracterizó por el ejercicio de una solidaridad sin límites. La “isla” ofreció escuelas y medicina, ajustó el consumo de productos para enviarlos a países en lucha, y en el caso de Chile desvió sus barcos con el dulce producto para abastecer a nuestra población sometida al mercado negro que asfixiaba  a la Unidad Popular sin pedir nada a cambio y respetando la otra opción que surgía, la vía político-institucional de S. Allende. Luego, en el contexto abierto por una nueva  recomposición mundial del capitalismo (1974) vendría el ciclo de adaptación que preservó la supervivencia de la revolución afectada por la desaparición del campo socialista (1989).

El impulso cubano cambio, incluso, el pensamiento histórico. La mismísima “historia contemporánea”, entendida como parte de la historia universal (concepto eurocéntrico) abandonó el campo reemplazada ahora por la historia del tiempo reciente latinoamericano iniciada con la revolución que condujo el Movimiento 26 de Julio y que se está haciendo cargo del estudio de los dolores y alegrías de Nuestra América.

Con la guerra fría como telón de fondo, la decisión de  enfrentar el sistema-mundo capitalista condujo a los cubanos a organizar la transformación contribuyendo a la fundación de la Tricontinental (1966) con participación de 512 representantes provenientes de 82 países, los cuales crearon para llevar adelante la utopía la Organización de Solidaridad Para Asia África y América Latina (OSSPAAAL), reforzando la solidaridad con nuestro continente con la creación de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). De esa manera, Cuba abrió sus puertas a la revolución mundial sobre la base de una apreciación teórica en boga en las izquierdas de aquellos años. En efecto, estas  habían concluido que se estaba iniciando la transición universal del capitalismo al socialismo.

Consideración sustentada en una serie de transformaciones revolucionarias que se estaban produciendo en Asia (China, Vietnam), África (Guinea Bissau, Tanzania), Medio Oriente (Palestina, Egipto) etc., situaciones a las que agregaban los esfuerzos de la izquierda francesa e italiana por acercarse al poder en el centro del sistema-mundo. En congruencia iban apareciendo una serie de dirigentes encabezando la rebelión mundial, entre ellos, Mao, Mandela,  A. Cabral, T. Lima, A. Netho. En este contexto compatriotas chilenos viajaron a Cuba en su calidad de profesionales para contribuir con sus conocimientos (1962), otros recibieron instrucción integrados a la guerrilla boliviana. Baracoa y Pinar del Río los acogieron. Espantados por el Plan Camelot (injerencia norteamericana), la expansión de la guerra contrarrevolucionaria, la reunificación de la derecha bajo conducción nacionalista con una invitación a reconstruir el Estado desde una óptica autoritaria, los excesos  represivos, la derechización del gobierno demócrata cristiano, conspiraciones al interior de las fuerzas armadas, y dos sucesivas frustraciones electorales producidas por maniobras de última hora,  tomaron la decisión de convertir nuestro país en un santuario de apoyo a la experiencia guerrillera.

En los campos de Punto Cero otro puñado, junto a brasileños o mozambiqueños recibirían la formación de les llevó a sucumbir con la Unidad Popular, derrota tras la cual volvió a formarse un numeroso contingente para enfrentar la dictadura, es lo que se llamó la tarea militar. Entonces, no hay de que avergonzarse o arrepentirse, aquella fue una opción tomada en torno a consideraciones teóricas y políticas que feneció ante el cambio del tiempo histórico que sobrevino con la recomposición mundial del capitalismo (1974), giro reforzado por la derechización de occidente (1981), el hundimiento del socialismo (1989), el de los movimientos de liberación nacional (1990) y el debilitamiento de la clase obrera por la transición a la hegemonía del capital financiero que desalojo la industrialización de zonas del centro, de la periferia y semiperiferia. Dicho de otra manera perdió nitidez el sujeto histórico que impulso el cambio entre 1945-1974.

En fin, pasadas estas etapas en diversas latitudes la solidaridad se expresó en el desarrollo de la ciencia médica que en consuno con la preparación de miles de médicos ha enfrentado con brigadas solidarias secuelas de tifones, pestilencia y terremotos. Eso explica la presencia, en los funerales,  de sudafricanos agradecidos por la formación de combatientes, eso explica el dolorido discurso de los venezolanos agradecidos por el apoyo médico o el lamento de los delegados bolivianos ayudados a combatir la ceguera. Los avances pedagógicos son también objeto de observación especialmente en el nivel de las didácticas. Entre estas presencias, matizadas por griegos y nicaragüenses,  esta también una afirmación en la lucha por la paz y por sobre todo por la determinación en la persistencia de mantener una tipología social en época de derrumbe socialista.

Pero, allí están los grandes logros, la edificación de un nuevo tipo de sociedad alejado del modelo económico y del sistema político recomendado por los países centrales. Ahí está imperecedera la lucha anticolonial forjada en África y con presencia, en las luchas de liberación nacional en Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Namibia, Sudáfrica, Etiopía etc. Ahí está, un pequeño país  que sobrevivió al desplome del socialismo a fines de los ochenta, estribando el secreto de la pervivencia en el apoyo de su pueblo desde la primera hora.

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Como puede apreciarse el peso histórico de Fidel y la revolución ha sido enorme. Tal contribución, independientemente del punto de vista que se sustente, merece respeto. El impacto del fallecimiento  del Comandante Fidel Castro Ruz incita a reflexionar. El desgarro de su muerte se transforma en un momento propicio para la meditación y para confrontar algunos enunciados y actitudes-comportamientos, algunos de los cuales, están contribuyendo a vaciar de contenido la historia del tiempo reciente. Momento oportuno también para pensar el futuro.

Durante nueve días hemos presenciado el dolor de un pueblo. Durante nueve días hemos sido testigos del respeto profundo de líderes políticos, religiosos e intelectuales de talla mundial. Durante nueve días hemos presenciado el recogimiento de la izquierda universal. En medio de esta agonía, durante nueve días, hemos visto, al mismo tiempo, el agravio, la descalificación y el desconocimiento mínimo de los hechos históricos.

Como puede apreciarse la vida de Fidel es la representación de un largo y extenso período histórico, no comprender este enunciado permite que la pareja relativismo/revisionismo histórico se adueñe de la escena. El relativismo se desembaraza de la historia y de la sociología comparada y rebaja la comparación al enunciado fenomenológico (al hecho), pone dos formaciones sociales en un mismo nivel sin diferenciar entre sociedades con distintos sistemas políticos.  Así, sin mayor precisión, se comparan sistemas políticos, modelos económicos y personajes históricos, punto de partida para iniciar el proceso de revisión de la historia tergiversando el pasado desde el presente, haciendo un uso público, en términos de Habermas,  de una historia tendenciada. Ahora bien, esto es posible; en primer lugar, por los estragos que causó el pensamiento único (neoliberal) en la izquierda chilena, impacto que posibilitó su tránsito al liberalismo, para luego, intentar compartir/corregir el neoliberalismo; y, en segundo lugar, por la complacencia de la Concertación, con la irrupción posmoderna con la consecuencia del vaciamiento del tiempo y el entendimiento fragmentado de los procesos sociales.

Estas combinaciones han llevado a la aparición de pensamientos difusos. Ejemplos de estas nuevas maneras de pensar abundan, quedando claro que muchos de los actores de la escena política han adaptado su forma de ver la realidad a la demanda política. En otras palabras, viven-su-ideología, es decir, asumen una representación de la vida sin llegar a pensar cómo piensan el tiempo reciente.

Un ejemplo de esto es lo que pareciera ser el bochorno intelectual de un joven diputado UDI, quién en un concurrido programa de televisión, luego de denostar a la revolución cubana y a Fidel, no pudo contestar una pregunta respecto al rol de A. Pinochet escudándose en el  argumento…nací en 1980. Grave, con esa explicación tampoco podría tener una opinión sobre B. O´Higgins o de la infausta guerra del salitre de 1879. En otras palabras, hasta podríamos dudar de su amor por nuestro país. Pero eso no es todo, estamos ante un pensamiento débil, un pensamiento que no se plantea los problemas de la historia y de la política y no porque dudemos de las facultades intelectuales del diputado, sino porque el pensamiento débil tienen una doble explicación; (por un lado) es un pensamiento fragmentado,  incapaz de ligar los diversos procesos que constituyen la historia, (por otro) es expresión de una formación recibida sobre la base de la historia oral trasmitida por la vía de la familia y el entorno…lo que  pone en duda la enseñanza de la historia del tiempo reciente en nuestro país.

El pensamiento débil, entonces, no resuelve los problemas que depara el devenir y la consecuencia es la parálisis del pensamiento, el fracaso de la reconciliación y el rencor por el-otro.

Aunque, en parte de la otra vereda también es posible presenciar el pensamiento obstruido. Es decir, un pensamiento atascado al que un obstáculo (mental, identitario, nostalgia)  le impide dar el paso que lo resitué ante la nueva realidad. Es la actitud de aquellos que se han refugiado en el tesoro de sus recuerdos, como diría H. Arendt. Aquella es la figura que aparece junto al símbolo y los colores de otro momento. Sin reconocer que Cuba canceló en 1990 la opción de la lucha armada contra la dictadura, sigue presentándose con los colores del Patria o Muerte (verde olivo), la simbología de los colores (rojo y negro) y la negra boca del arma. En fin, no se trata de abandonar el recuerdo de aquellos que pusieron el pecho por escudo en tan difíciles momentos. Una cosa es el recuerdo del pacto por la liberación, otra es encapsularse en aspectos de esa gesta y rumiar rencorosamente contra la conversión;  otra es apoyarse en esa experiencia para volver a tejer los hilos sociales y políticos que los guíen a nuevas jornadas de lucha, ¡aún es tiempo!

Se trata de reconocer el paréntesis de la derrota, de trascender el tesoro de los recuerdos y pasar a un nuevo estadio de actividad político-social que acerque a la utopía.

Empero, más complejo es el pensamiento converso me refiero a la corriente que desde la izquierda abandono el leninismo, luego el marxismo y finalmente el “allendismo”, para finalmente asumir el credo liberal/neoliberal para derivar posteriormente en mero pragmatismo político. Pero, este no es un grupo cualquiera, aquí residen el corazón de la renovación y el grupo dirigente que ha conducido, junto al PDC,  los gobiernos desde 1990. Ahora bien, al respecto no puede dejar de mencionarse que a estos sectores, ya avanzada la transición, se sumaron otras tendencias que se desideologizaron y ayudaron a hacer efectivo el maridaje, como diría E. Hobsbawm, entre el pensamiento socialdemócrata y (ahora) el neoliberalismo con el resultado del vaciamiento de la idea de la transformación considerando que toda alteración puede conducir a una crisis sistémica, como afirma F. González. Estamos, entonces, ante un grupo dirigente transformado en la elite del sistema político, un fragmento social que se avergüenza de su pasado y pide perdón por analizar la revolución cubana con “conceptos de aquellos días”, pero que no trepida en encabezar la representación chilena a los funerales del Comandante en Jefe.

Este sector es el responsable de la molestia social a que ha conducido  la aparición de un nuevo tipo de Estado (neoliberal) y a la poliarquía (una cuasi democracia), en conceptos de R. Dahl.

Ahora bien, la primera actitud-comportamiento indica que la derecha chilena está paralizada en el marco de la guerra fría. La segunda señala la existencia  de un paréntesis doloroso (por la derrota) que seguramente cederá  en el ciclo que se inicia por la aceleración de la molestia ciudadana. La tercera es el reflejo de la miseria acomodaticia.

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Pero, no todo es descorazonador, en medio de la despedida definitiva del  jefe guerrillero, también hemos recibido la incitación a pensar más allá del momento presente. En ese sentido, Ernesto Benado, en una columna de opinión que lleva por título “Fidel y el futuro del socialismo”, ha puesto sobre la mesa un tema gravitante, el de la pertinencia de pensar ni más ni menos que en el futuro del socialismo.

La  revolución cubana, en aquellos años, vino acompañada de un componente teórico-político que revitalizó la polémica. La izquierda latinoamericana vivía una situación complicada. En Guatemala había sido derrotada la experiencia de J. Arbenz (1954), en Chile el FRAP había perdido una oportunidad histórica (1958), en Perú la izquierda era desolación, en Argentina una esperanza bucólica. En otras palabras, las izquierdas eran más bien organizaciones de denuncia del desarrollo capitalista. El marxismo languidecía bajo la influencia de la ortodoxia soviética y las estrategias de los partidos comunistas vivían el extravió de las tesis de la liberación nacional. El impulso de los años treinta se había estancado y radicaba más bien en la obra literaria de Neruda (Chile), Vallejo (Perú), Guillen (Cuba) y Amado (Brasil). Pero la ola literato-cultural no pudo reponer la propuesta de J. C. Mariátegui condenado al silencio por el Buró Sudamericano de la Internacional. Bajo estas condiciones los cubanos rompiendo con las tesis del “fatalismo geográfico” impulsaron nuevos temas; a saber, la dimensión valórica en la lucha por el poder y construcción de la nueva sociedad, la idea del cambio global, pensamientos acompañados por una nueva mirada sobre la formación social latinoamericana con el desplazamiento de la caracterización feudal de esta por su carácter capitalista, la modificación del esquema marxista del rol de la clase obrera, reforzado como la indicaba la Segunda Declaración de la Habana, “por campesinos, estudiantes e indios…con las armas de la libertad”, propuestas que culminaban con el realce y pertinencia de la revolución socialista a partir de un proceso ininterrumpido.

Estas contribuciones serían reforzadas en 1975 cuando sobre la base de la teoría del “eslabón más débil” concluyeron que este se había desplazado a África actuando en consecuencia con el reforzamiento de la Línea del Frente y la lucha por el cambio en  Etiopía. Pero, esos triunfos en el frente internacional, acompañado del apoyo a las luchas centroamericanas no lograron paralizar el proceso de la recomposición capitalista que, en 1974/75 contuvo en América Latina la ola de cambios, preludio del giro mundial de la pareja Thatcher/ Reagan en 1981,  y que en 1989 llevó al fin del socialismo e instauró un periodo de cuatro décadas de triunfo capitalista. Estos giros descorazonaron a un sector importante de la izquierda, mermada –además- por los duros golpes recibidos, por eso no es de extrañar la cooptación sistémica a través del credo liberal y del acercamiento a la tercera vía, es decir la propuesta socialdemócrata.

Aquí estriba la importancia de la propuesta de Ernesto Benado, integrante en 1962 del grupo de chilenos que se acercó a La Habana para conocer in situ la revolución y coordinar formas de cooperación profesional. La invitación no puede llegar en mejor momento, la recomposición iniciada en 1974 no logró despegar en su totalidad y ha sobrevivido a través de innumerables crisis intermitentes. Pero, a partir de 2008, esa tendencia se agravó creando en los últimos años una emergencia mundial que se expande desde el centro a la periferia, situación que demanda un debate que se hace ineludible porque lo que está en juego es la vigencia del pensamiento socialista y especialmente la de sus partidos históricos, transformados en baluartes del sistema de dominación.

Es evidente que los países de Europa central y oriental que proclamaron la construcción del socialismo no lograron establecer sistemas políticos que dieran satisfacción a la idea de participación de los ciudadanos, ya Hungría (1956) y Checoeslovaquia (1968) lo habían advertido. El crecimiento anual cercano al 4% tapó durante años la crisis que sobrevino sobre la economía a partir de 1986, preludio del derrumbe. Por otra parte, los sueños africanos fueron detenidos por la combinación del alza del petróleo y las caídas de los precios de las materias primas, asimismo se derrumbó la ilusión industrializadora e irrumpió el tutelaje del FMI, adquiriendo un nuevo rumbo la guerra fría con el paso de la bipolaridad a la unipolaridad con la consiguiente proliferación de guerras. Ahora bien, en este contexto, chinos y vietnamitas han preservado un sector socialista en coexistencia con importantes franjas capitalistas, ¿será esta la nueva inspiración? Dudas y preguntas que nos pone directamente en la discusión propuesta por E. Benado, ¿fue un error haber comenzado la revolución en la periferia y no en el centro desarrollado como postuló Marx?, ¿fueron países socialista los que se derrumbaron a estamos frente a un modo de producción estatista?, ¿era posible la emulación/competencia económica en circunstancias que la economía-mundo era primaria a economías locales subordinadas?

En fin, la desaparición física de Fidel se está transformando en un aliciente para deliberar sobre el tiempo venidero pensando también temas como, ¿cuáles son los errores cometidos por la revolución?, ¿cómo profundizar la relación democracia/socialismo?, ¿cómo contribuir a su engrandecimiento?

                                          Patricio Quiroga Z.

(4 Diciembre, 2016).

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