por OSVALDO TORRES 

Cuando Salvador Allende decidió no apoyar al General Ibáñez en la presidencial que se realizaría en 1952, tomó el camino de articular un frente político de izquierda que inició el largo proceso de reconstitución de una alternativa de gobierno y de recomposición del movimiento popular. Clodomiro Almeyda resolvió quedarse junto a IbÁñez y el Partido Socialista de Chile sufrió una nueva división, que fue muy significativa, pues determinó el fin del seguidismo de la izquierda al centro político representado en el Partido Radical.

La situación del país era de una crisis de representación política, desprestigio de los partidos, de “apitutamiento” de parientes y partidarios en el Estado y con síntomas económicos inflacionarios y déficit fiscal que deterioraban la calidad de vida del pueblo. Era el clima propicio para el populismo de derechas, que terminó implementando medidas económicas liberales apoyado en la Misión Klein Saks.

Con anterioridad, en 1948, González Videla había decidido perseguir al Partido Comunista por presiones internas y norteamericanas. En esa disyuntiva también el PS estuvo dividido, con un sector que respaldó la persecución. En ese tiempo surgió la Falange –que no respaldó la persecución– como escisión del partido Conservador y brotaron múltiples partidos expresando la crisis de representación política.

La situación entre 1952 y la actual del país no tiene nada que ver. Pero vale la pena reflexionarla.

Cuando la discusión política solo ve el año 2017 y la elección presidencial, es bueno levantar la mirada y ver un horizonte de 30 a 50 años más, como lo hizo Allende. Ante un agotamiento del modelo económico y la crisis de legitimidad del sistema político, se requiere replantear el mapa de alianzas para empujar las reformas estructurales que el país necesita.

Ha quedado demostrado, en estos breves tres años, que las reformas requieren de mayorías, pero básicamente mayorías sociales movilizadas que puedan encontrar en el Parlamento representación y aliados que las hagan posible. Es insensato pensar que solo el debate palaciego hará modificar la opinión que tienen los poderosos sobre su poder y riqueza, se requiere de que se sometan a la democracia de las mayorías y que estas sepan defender su decisión en las urnas con el control sobre sus representantes. Esto es particularmente relevante, pues la economía ha capturado a la política y la democracia se le hace molesta al capitalismo financiero y global.

Esto hoy significa redefinir lo popular como un campo más heterogéneo, diverso y con intereses corporativos que no se alinean con un “interés de clase” única, sino con la condición de exclusión a la que son sometidos grupos de edad, por género, territorio, condición social, étnica u otra que se le impone desde el modelo extractivista neoliberal.

Allende, ya en la década del 1950, consideraba que sin Partido Socialista en la izquierda no iba a ser posible un cambio político sustantivo en el país. Es decir, sin los socialistas ubicados a la izquierda se hace casi imposible impulsar el proceso de cambios, pues actúa como fuerza centrípeta de otras formaciones políticas y del mundo de las ideas. Desde esa perspectiva, la propuesta del PS en esos años fue la del Frente de Trabajadores, que hacía hincapié en el eje de esa alianza social, la que Allende supo ampliar hacia el Partido Radical y los independientes.

Cuando Allende rompió con un sector del Partido Socialista en 1952, entendía que iniciaba el camino de constituir al Partido Socialista como uno de izquierda con la izquierda –y no con la derecha y el populismo ibañista– y con el movimiento popular. El PS, cuando se escapa del campo de la izquierda, pierde fuerzas, que luego recupera cuando regresa a su eje; el problema es que hoy el proyecto de liberalismo socialista requiere de un partido empequeñecido, por lo que la tarea de surcar un camino de izquierdas necesita de liderazgo decidido, unitario, pero diferenciador del proyecto hegemónico actual.

Allende entendía que no hay proyecto popular exitoso sin unidad del pueblo. Esto implicaba que la dirigencia sindical y social de la época requería de un remezón unitario que terminara con los enfrentamientos sectarios y torpes, de lo cual se hizo cargo Clotario Blest, encarando los viejos estilos de dirección de comunistas y socialistas. Esto hoy significa redefinir lo popular como un campo más heterogéneo, diverso y con intereses corporativos que no se alinean con un “interés de clase” única, sino con la condición de exclusión a la que son sometidos grupos de edad, por género, territorio, condición social, étnica u otra que se le impone desde el modelo extractivista neoliberal. Pero esto también requiere que los movimientos sociales asuman sus errores de extrema burocratización, control partidista o excesivo ideologismo purista, que impide que surjan liderazgos inclusivos y relevantes nacionalmente.

La historia le dio la razón a Allende en articular una mayoría, respecto de los otros dos tercios (DC-Derecha), para conquistar el gobierno. Para ello se elaboró una propuesta crítica del modelo de desarrollo apoyado en la crítica al imperialismo norteamericano sobre el control de la economía nacional, el requerimiento de la reforma agraria y un papel activo del Estado en la inversión y producción. No se trata de repetir “la receta”, pero sí de abordar el tema del modelo de desarrollo alternativo al neoliberalismo con una estrategia que no se subordine al proyecto centrista, que permita abrir el espacio a los sectores progresistas de la Democracia Cristiana, como en aquella época lo eran Tomic y Fuentealba, y que también no sea seducida por la idea de un “polo revolucionario” como forma de fortalecer la dirección política de un proceso de transformaciones.

Lo que están mostrando las lecciones de Allende, del año 1952 y siguientes, es que es básico discutir el proyecto político de la izquierda para este nuevo ciclo. No es la primera vez que se expresa el populismo de derechas, ni que la izquierda se diluye en proyectos ajenos; como tampoco es la primera vez que el modelo económico muestra su agotamiento para desarrollar el país. El desafío es saber que las tareas de generar una nueva Constitución, dar forma a una sociedad más igualitaria y democrática, tienen como sujetos sociales a una pluralidad de intereses que requieren ser unidos tras un proyecto de país que está en bosquejo y que la unidad política pasa por la unidad social del pueblo.

La unidad en la CUT, en esa época representativa, llevó a la unidad política en el FRAP, de forma similar ocurrió con la Asamblea de la Civilidad y la unidad política alrededor de la Concertación (luego de la derrota del Movimiento Democrático Popular) contra la dictadura. Hoy es vital trabajar por la unidad de los excluidos por el neoliberalismo, que es un mundo más amplio que los trabajadores, pero que los incluye sin duda.

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