Ernesto Águila

EN EL Partido Socialista chileno, como en pocas organizaciones políticas, se condensan y entrecruzan las contradicciones de este tiempo. Las razones son coyunturales pero también históricas. Su laxa forma (neo)liberal-socialdemócrata actual -derivada del proceso de “renovación socialista” de los años 80 y 90- nunca acabó por absorber ni hacer desaparecer completamente la cultura socialista histórica, revolucionaria en sus objetivos, y democrática y republicana en sus formas.

Una alquimia ideológica original, fraguada intelectualmente y en la práctica social por personajes como González, Ampuero, Almeyda y Allende, que derivó en la formulación estratégica de la “vía chilena”, la Unidad Popular y el “allendismo” como cultura popular. Uno podría decir que el PS actual no sabe bien qué hacer con su historia ni con su memoria.

No sabe si la Unidad Popular fue un fracaso o una derrota (dos formas de mirar el pasado). Tampoco tiene claro si Allende y esos 500 militantes socialistas muertos y desaparecidos post 73 debieran ser recordados solo moralmente o también por lo que eran y hacían políticamente. Si su proyecto está solo en aquello por venir, o si una buena parte del futuro -parafraseando a Benjamin- pudo haberse quedado atrapado en un pliegue de la historia.

En cada coyuntura -y esta no es la excepción- los socialistas discuten de manera apasionada, divagan y, por lo general, se dividen. Hoy todo es más comedia que tragedia porque lo hacen en un vacío de identidad y de proyecto. Refugiados en la despolitización y la desmemoria, evitan las preguntas difíciles. El pragmatismo puede ser un lugar poco digno, pero es seguro.

La senadora Isabel Allende ha renunciado a su candidatura presidencial. Se erige ahora en garante de una institucionalidad partidaria que está siendo horadada e intervenida desde afuera, de lo cual ella misma ha sido víctima. Por otro lado, resta por ver si seguirá en carrera el ex canciller Insulza o pasará a la historia como el eterno indeciso.

Podría quedar solo en pie la opción antineoliberal de Fernando Atria, moviéndose en un tenso equilibrio entre el PS y los movimientos de 2011. Mas allá proliferan nuevos colectivos sociales y de izquierda que interrogan la vigencia del PS. Sobrevuela el fantasma de la crisis de la socialdemocracia europea, el espejo en el que se construyó la renovación socialista, que hoy se traduce en varios partidos desaparecidos o en franco declive (basta con ver la crisis del PSOE de estos días).

Lagos es hoy la pregunta de los socialistas. La respuesta toca su identidad y su proyecto. Validar la solución elitaria/conservadora que ofrece este Lagos de hoy (la capicúa empresarial de una disputa Piñera/Lagos) o volver a correr los riesgos de un proyecto popular y transformador que busca reconectarse con esta sociedad desconfiada, por ejemplo, eligiendo vía primarias abiertas un abanderado presidencial propio. Esa es la disyuntiva que enfrentarán los socialistas en los próximos días. No es poco lo que está en juego. Quizás su propia sobrevivencia.

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