Paulo Gnecco

El pasado 23 de julio en Reino Unido se celebró un referéndum inhabitual que definía, después de dos meses de campaña, la permanencia o el abandono de los británicos a la Unión Europea (UE). El resultado, conocido ya entrada la noche del día anterior no dejó de impactar en la prensa internacional: el Reino Unido, con un 52% de los votos de un total de un poco más de 33 millones y medio de votantes, manifestaba la decisión de separarse de la UE.

La noticia no dejó de repercutir en los mercados, que presentaron inmediatamente el precio más bajo de la libra esterlina en los últimos 30 años, sumado a un escenario que si bien parecerá no afectar mucho a las economías latinoamericanas, si tiene repercusiones políticas relevantes para todo el mundo.

 

  1. La derrota de Cameron y la unidad de los conservadores

 

De lo que no cabe duda, es que el principal derrotado con la victoria del Brexit fue el ya ex Primer Ministro, David Cameron. El carismático líder conservador, que arrasara en las últimas elecciones liderando a los tories y logrando a su cabeza una mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes, se jugó su capital político en este referéndum, que fue de hecho su promesa de campaña no porque deseara abandonar la UE, sino que como respuesta ante la impactante votación que lograra el también derechista UKIP (Partido por la Independencia del Reino Unido) en las elecciones al parlamento europeo previas a las últimas elecciones británicas.

Con el temor de que el UKIP le mermara ostensiblemente la representatividad al Partido Conservador, Cameron apostó un juego agresivo, prometiendo un referéndum con el objetivo de que los votantes conservadores euroescépticos le dieran su apoyo a ellos y no al partido liderado por Nigel Farage. En la elección interna el UKIP tuvo un resultado paupérrimo: tan solo un escaño de los 650 en disputa. Pero el compromiso de Cameron ya estaba hecho, y sumado a la confianza de una mayoría conservadora absoluta, nunca se sospechó que dicha definición fuera el puntapié inicial para acabar con su mandato.

En este escenario, una vez que se define la fecha del referéndum y empiezan las elecciones, Cameron empezó a lidiar con un Partido Conservador inusualmente dividido, estando él como representante de los europeístas en contraposición al alcalde de Londres, el también carismático Boris Johnson como uno de los principales dirigentes en todo el Estado abogando por el Brexit. El Partido Conservador se tuvo que definir como neutral frente al Brexit por esta división interna. Conocidos los resultados de la elección Cameron se vio obligado a renunciar, probablemente no tanto por su compromiso con mantenerse en la UE como sí por el resguardo orgánico de su partido, en una jugada interesante por seguir manteniendo el poder en una conducción superada paulatina pero progresivamente por los sectores de oposición liderados por el laborista Jeremy Corbyn, que además había logrado durante este tiempo un alto entendimiento y diálogo, como jefe de la oposición, con el SNP y los ecologistas.

 

  1. La amenaza a Corbyn y el espacio para los reaccionarios

Si bien la derrota de Cameron es la personalmente más dura (hasta el miércoles era no sólo el líder de los conservadores sino que el Primer Ministro de la potencia europea) la victoria del Brexit también golpea al líder de la oposición. El Partido Laborista (LP), en oposición a la tesis y antítesis evidenciadas en el oficialismo, se jugó en su totalidad por la permanencia del Reino Unido en la UE. El discurso marcado por el resguardo de una Europa de los derechos sociales fue mejorando posiciones en las encuestas que predecían su victoria, victoria de especial importancia para Corbyn por dos motivos: en primer lugar porque la permanencia era más atribuible al LP que a los tories, dado que institucionalmente se abogó por esta resolución. De ahí que en la larga carrera a la recuperación del ejecutivo de las manos conservadoras -que Corbyn ha estado corriendo desde que asumió como líder de su partido- tendría un impulso y proyección sustantiva, dado el buen rendimiento y aprobación de que había ido obteniendo en la opinión pública como portavoz de la oposición. En segundo lugar porque una victoria en estas circunstancias contribuiría a disminuir la injerencia, aún no despreciable, de los principales adversarios políticos del parlamentario, ubicados precisamente en su misma bancada: los laboristas reaccionarios cercanos a la línea de Blair.

Es en relación a este punto que a Corbyn se le abre un sendero cenagoso, dado que los laboristas que desaprueban su gestión y liderazgo -y que habían ido perdiendo fuerzas por el apoyo popular hacia la figura de Corbyn- tienen una gran oportunidad para recriminarlo por la falta de condiciones para resguardar un proceso que fue defendido por todos los miembros del partido. De hecho diputadas de la línea de Blair (Coffey y Hodge) ya anunciaron una moción de confianza contra el líder laborista por no haber logrado la mantención en la UE.

Esta compleja situación se ve especialmente agravada con la renuncia de Cameron, ya que, si por motivos distintos tanto Cameron y Corbyn apostaban por la permanencia, las consecuencias de sus fracasos podrían ser asimilables y ante la renuncia de uno como Primer Ministro, el otro (Líder de la Oposición y Líder del LP) tiene ahora semejante riesgo y presión.

 

III. Las independencias nacionales y el agotamiento del Reino

El 18 de septiembre del 2014 en Reino Unido hubo tanta expectación como ahora: los escoceses, con el auge del SNP liderado por Alex Salmond habían logrado la realización del primer referéndum en la historia de dicha nación para evaluar la permanencia al Reino Unido en más de trescientos años de anexión. El resultado, con una victoria del 55% de los votos, apoyó la permanencia de Escocia en el Reino Unido, lo que configuró una importante victoria para el primer período de Cameron y por supuesto la derrota de los independentistas.

Durante la campaña, una de las principales formas de presión que hubo por parte del Primer Ministro conservador fue que si la nación escocesa decidía la independencia, se verían excluidos de la Unión Europea, afirmación avalada por otros líderes conservadores en Europa (continente en que varios de sus países presentan regiones que reclaman la emancipación). Esta desvinculación dejó en evidencia en el Brexit que si bien un porcentaje importante de los esoceses aspira a la independencia, un porcentaje importante también observan a la pertenencia a la UE como algo positivo. De las cuatro regiones históricas del Reino Unido, la mitad mostró adhesión al Brexit (Inglaterra y Gales) y la otra mitad un marcado rechazo (Escocia e Irlanda del Norte). En Escocia permanecer en la UE logró un 62% y en Irlanda del Norte casi un 56%. Esto generó una rápida respuesta de Nicola Sturgeon, quien es la líder de los nacionalistas escoceses desde que asumiera luego de la renuncia de Salmond como Primer Ministro de Escocia y como líder del SNP en el 2014; y es que para Sturgeon, la amenaza de ser exlcuidos de la UE fue probablemente una de las amenazas más disuasivas para lograr el rechazo soberanista, y ahora, por una decisión del reino en su conjunto, los escoceses estarían siendo forzados a abandonar la UE a pesar de la intención francamente mayoritaria de permanecer en ella. Sturgeon ya anunció que el proceso soberanista sería retomado, en una determinación que sin el Brexit habría requerido una gran cantidad de años para volver a repetirse.

El Brexit sin lugar a dudas desestabiliza a la política internacional en todo sentido. Las posibilidades del auge de la ultra derecha y la derrota forzosa que puedan propinarle los laboristas reaccionarios a Corbyn, que por las peculiaridades propias de la tradicional política británica ocupa ese espacio surgido por la izquierda de la socialdemocracia tradicional -a pesar de estar en uno de los partidos históricos de la Internacional Socialista-, pueden desviar completamente el eje de la política británica hacia la derecha, y pueden desdibujar la apuesta internacional de gobiernos antiausteridad que ha partido desde el sur europeo, donde el liderazgo del máximo exponente laborista es uno de los alfiles con más opciones de futuro, dándole así nuevos bríos a la amenaza fascista latente en el viejo continente. Y si todo resulta bien para el grupo de Blair, esta derrota permitiría oxigenar a la entreguista socialdemocracia vigente como “única” alternativa de estabilidad capaz de hacerle el peso a los conservadores, en desmedro de las emergentes -y peyorativamente llamadas- fuerzas “populistas”.

 

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