El próximo 25 de agosto se cumple diez y nueve años del fallecimiento del destacado político e intelectual socialista Clodomiro Almeyda. Se trata, sin duda, de una de las figuras más interesantes e intelectualmente complejas del Socialismo chileno.

De Almeyda se podrían destacar muchos aspectos de su intensa vida política e intelectual, pero, sin duda, una de ellas es su aporte al desarrollo y comprensión del marxismo en Chile. Desde su tesis de grado “Hacia una teoría marxista del estado” hasta variados textos sobre Gramsci, Lukacs, Lenin, dan cuenta de un trabajo permanente y sistemático de aplicación y difusión de la teoría marxista en Chile.

A continuación un extracto de una entrevista a Clodomiro Almeyda sobre el desarrollo del marxismo en Chile, sobre su impacto e influencia en la izquierda chilena y en el PS, así como en los ambientes intelectuales y culturales de Chile.

 

SOBRE EL MARXISMO EN CHILE.

Extracto de una entrevista a Clodomiro Almeyda.

¿Cuándo y cómo se produjo su encuentro con el marxismo? ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

-Mi encuentro con el marxismo fue desde luego posterior a mi opción por el socialismo, hacia el cual me inclinaba ya en los albores de mi adolescencia, mientras estudiaba en el Liceo, con una inspiración básicamente cristiana. Pero ya en los últimos años de mi educación secundaria se me fue abriendo un nuevo horizonte al conectarme con ideas marxistas. Recuerdo mi lectura de la Historia General del Socialismo y de las Luchas Sociales, de Max Beer, en lo histórico-sociológico: de El antiimperialismo y el APRA, de Haya de la Torre, y Dialéctica y Determinismo de L. A. Sánchez, en lo político; de la Introducción al Materialismo Dialéctico, de A. Thalheimer y El Materialismo Dialéctico, de Moisés Libedinsky, en lo filosófico. Estos y otros libros de semejante índole circulaban en Chile a mediados de los años 30, especialmente editados y distribuidos por la Editorial Ercilla.

Un poco después, al final de los años 30 y coincidiendo con la formación del Frente Popular, comenzaron a llegar libros mexicanos sobre marxismo, los unos de la Editorial Frente Cultural, entre los cuales leí el Anti-Dühring –el primer libro de los clásicos que llegó a mi poder-; y los otros de la Editorial América, entre ellos una antología denominada Marxismo y Ciencias Humanas, con trabajos de Rene Maublanc, Paúl Laberenne, Georges Friedmann, Marcel Prenant, y otro de H. Lefebvre y N. Guterman titulado ¿Qué es la dialéctica?; todos ellos, especialmente este último, me causaron profunda impresión. El libro de Friedmann De la Santa Rusia a la URSS fue la primera obra que me dio una visión desde el punto de vista marxista de la Unión Soviética, ya que antes había leído Rusia al Desnudo, de Panait Istrati; Kaput, de C. Wells y otros, profundamente anticomunistas.

Pero, indudablemente, fue el contexto general de la época -el Frente Popular, el desarrollo acelerado de los partidos obreros en Chile, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial-, el elemento decisivo para hacer vitales, concretas y estimulantes las opciones teóricas que buscaba y recibía de la literatura revolucionaria, lo que coincidió además con mi ingreso en la Universidad, donde toda esa materia prima práctica y teórica, se procesaba, se discutía y se analizaba.

¿Cuál cree usted que es la contribución de Recabarren en el desarrollo del marxismo en Chile?

-Dicen los clásicos que el socialismo como fuerza política surge del entronque entre el movimiento obrero y la teoría revolucionaria. En ese proceso en nuestra patria jugó un papel decisivo Luis Emilio Recabarren. El se insumió y se entregó sin reservas a la agitación y movilización liberadora de la mayor concentración obrera en el Chile de entonces, el Norte salitrero, y llevó hacia los trabajadores pampinos las ideas socialistas revolucionarias. Insertó en sus luchas la utopía socialista, el compromiso internacionalista, el componente revolucionario. Todavía quizá en forma inmadura y primitiva, pero el hecho es que hizo ese contacto entre la realidad de la lucha de clases y el ideal del socialismo que resultó a la postre fecundo y promisorio: de ahí nació en 1912 el Partido Obrero Socialista, antecedente próximo de los actuales partidos marxistas chilenos.

¿Piensa usted que se puede hablar de una evolución de las ideas marxistas en Chile? Si así fuera, ¿cuáles serían sus rasgos principales y cuáles los criterios posibles para intentar una periodización?

-Creo que más que de una evolución de las ideas marxistas en Chile, debería hablarse de una evolución o historia del pensamiento socialista en Chile, tomando como eje la progresiva permeación de ese pensamiento por las categorías marxistas.

Así planteadas las cosas, yo hablaría primero de un periodo pre-marxista, anterior a Recabarren y a la fundación del POS, en el que las ideas jacobinas, socialistas utópicas y anarquistas fueron los componentes principales del ideario socialista.

Luego de Recabarren y como resultado de su acción y del impacto de la Revolución Rusa, se perfila una segunda etapa en la que la versión leninista del marxismo, digerida a medias y refractada a través de cristales sectarios y dogmatizantes se diferencia de otra vertiente que rescatando también la visión utópica y final del socialismo de las mismas fuentes marxistas, prolonga los aspectos anarquistas, ideologizantes y espontaneístas de la primera etapa, recibiendo en el decurso de los años 20 la influencia de las disidencias producidas en el seno de la III Internacional, señaladamente del trotskismo, el que a su vez arrastra un fuerte componente sectario y dogmatizante.

Como se ve, no percibo al pensamiento marxista chileno de la época con una identidad y desarrollo propios, sino más bien como un elemento que juega en el proceso político de los partidos obreros y corrientes políticas avanzadas, con distintos signos y caracteres. Es característico del marxismo chileno, en todas su vertientes hasta muy entrados los años 30, su no asimilación de lo específicamente nacional y concreto de nuestra situación. Yo diría que hasta entonces, sólo en forma muy elemental y rudimentaria podría decirse que la Verdad universal del marxismo-leninismo contribuía a esclarecer la problemática real de nuestra sociedad, tal como surge de nuestro pasado, y de nuestra historia.

La experiencia del Frente Popular y de su gobierno, a la vez que las nuevas características que asume la línea política del movimiento comunista internacional, para enfrentar al fascismo -con todas sus distorsiones al aplicarla a América Latina, cuya situación no es la de la Europa de la época-, contribuye a facilitar el “aterrizaje” del marxismo en nuestra realidad. La problemática de la industrialización del país, de la ruptura de las relaciones de dependencia, el rescate de nuestras riquezas enajenadas, y todo lo que tiene que ver con el antiimperialismo, la reforma agraria, el entronque de las luchas reivindicativas populares con los objetivos democráticos y socialistas, la política sindical frente al Estado democrático-burgués para arrancarle concesiones favorables al movimiento popular, etc., pasan a constituirse en elementos para configurar un programa o proyecto democrático y socialista para Chile, acorde en sus parámetros fundamentales con un análisis marxista de nuestra realidad.

Sin embargo, tampoco en este tercer período, que yo denominaría de recepción del marxismo -ya no como utopía, sino como guía para la acción-, la reflexión marxista se levanta muy por encima del análisis situacional, ni alcanza a cristalizar en una corriente ideológica con presencia propia e identificable con nitidez en el panorama cultural del país.

Yo diría que en los años sesenta -vigente ya el deshielo producido por el proceso de “desestalinización” dentro del movimiento comunista internacional, redescubriendo el valor de Gramsci por el marxismo italiano y presente de nuevo el pensamiento de Lukács en el escenario de la filosofía marxista, así como la aparición de nuevas corrientes marxistas en Francia y otros países, la difusión de las ideas de Mao, el impacto de la Revolución Cubana en América latina-, es en los años sesenta, repito, cuando el diálogo teórico alrededor de las bases filosóficas del marxismo penetra en las aulas universitarias, contagia a nuevas promociones de la juventud comprometida y estudiosa y se proyecta más allá del ámbito de influencia de los partidos obreros, influyendo en los medios cristianos y racionalistas, alcanzando con ello personería nacional.

Como es explicable, en este cuarto período, la discusión y el diálogo entre marxistas y la polémica con otras corrientes de pensamiento favorece tanto los avances en la teoría y su comprensión, como da oportunidad al surgimiento de heterodoxias y revisiones, algunas de discutible orientación y negativas consecuencias. Pero de todas maneras, en esta etapa el marxismo se instala en el escenario ideológico-cultural del país, en un momento de intensa lucha social, política e ideológica. Ya más alejados de los problemas coyunturales, asuntos como la relación entre democracia y socialismo, función y rol del partido, espontaneísmo y poder popular, evaluación del socialismo real, el problema de las vanguardias en América Latina, etc., comienzan a ser objeto de la reflexión teórica marxista.

El debate al calor de las agudas luchas populares, fue bruscamente interrumpido por el golpe militar. Ha proseguido sin embargo tanto en el exilio como en el interior, aunque en un tono menor, porque hasta ahora -y puede ser que continúe siendo así- la discusión abstracta sobre los grandes problemas del socialismo contemporáneo, no se ha colocado por sobre las exigencias de unidad en la lucha contra la dictadura, que debe ser la gran tarea que una a todos los antifascistas chilenos, no sólo de las diversas vertientes marxistas, sino a todos los demócratas de nuestra patria.

Dentro de esa evaluación o desarrollo, ¿cómo inscribiría usted el papel y la significación del Partido Socialista chileno?

-El Partido Socialista reúne al nacer a elementos provenientes de diversas vertientes del marxismo, disidentes entonces con la ortodoxia dogmatizante que prevalecía entre los comunistas, pero bastante heterogéneas y hasta contradictorias entre sí. Un rasgo común de todas ellas era el propósito de buscar un mayor enraizamiento del pensamiento marxista en la realidad nacional y latinoamericana y una interpretación dinámica del marxismo, reflejada en su Declaración de Principios, cuando se expresa que el Partido hace suyo como método , de interpretación de la realidad al marxismo “enriquecido por los aportes del devenir científico y social”.

La historia del socialismo chileno, desde entonces hasta ahora, ha sido desde el punto de vista teórico un permanente esfuerzo por desarrollar su pensamiento dentro de los parámetros indicados, enfatizándose en un primer período la lucha contra las influencias anarquistas y social-demócratas, y más recientemente, el combate contra los resabios del trotskismo y otras tendencias ultraizquierdistas, así como contra nuevas formas de expresión de ideas revisionistas que cuestionan aspectos fundamentales del marxismo-leninismo y que son susceptibles de ser instrumentadas desde fuera del movimiento popular.

¿Cree usted que el surgimiento en los años sesenta de un marxismo proveniente de los sectores cristianos puede considerarse como hito importante en la historia del marxismo en Chile?

-Considero que el surgimiento en los últimos años de un marxismo proveniente de los sectores cristianos es un hito importante en la historia del marxismo en Chile. Refleja por lo demás, un fenómeno universal y particularmente latinoamericano que se relaciona con el creciente compromiso de un ala popular del cristianismo con las luchas democráticas y revolucionarias de nuestros pueblos y con la evolución ideológica de esos sectores, que han emprendido la tarea de una lectura cristiana del marxismo, paralelo al intento de hacer una lectura marxista del cristianismo, en tanto mensaje de liberación, de rebeldía y de solidaridad humana.

Esta tendencia marxista emergida desde el cristianismo ayuda a comprender la verdad que encierra la idea del origen pluralista de las vanguardias revolucionarias en América Latina, que se ve ahora avalada por los hechos a través de las recientes experiencias del Frente Sandinista de Liberación de Nicaragua, y del Frente Democrático Revolucionario de El Salvador. Incluso más, pienso que la vertiente marxista proveniente, del cristianismo, al igual que socialistas, comunistas y la corriente del racionalismo que ha avanzado hacia el socialismo, constituye un componente orgánico del conjunto de fuerzas destinadas a constituirse a través de un proceso, en la vanguardia y fuerza dirigente de la Revolución Chilena.

¿A su juicio, la Universidad chilena ha jugado algún papel en la difusión del marxismo?

-Yo creo que sí, durante el decenio de los años 60 hasta el golpe militar de 1973. Pero reiterando lo expuesto al contestar una pregunta anterior, me parece que en nuestra Universidad en aquel tiempo no alcanzó a cristalizar el marxismo en algo ya maduro y funcional a las exigencias del desarrollo político y social.

Ello no obstante, el pensamiento marxista permeó a buena parte de la intelectualidad de izquierda, y llegó hasta influir en el seno de las Universidades confesionales, no a través de intromisiones burocráticas y partidistas, sino mediante un natural proceso de difusión de categorías científicas que la propia práctica social iba revelando como capaces de dar cuenta y de interpretar la realidad social y el proceso de su transformación.

El tema del desarrollo del pensamiento marxista en la “inteligentzia” chilena exige mayores precisiones. Siempre me ha parecido que los chilenos -al menos en este siglo-, no han descollado precisamente en el terreno de la filosofía y del pensamiento abstracto. Nosotros no tuvimos aquí ni un Antonio Caso ni un José Vasconcelos, como en México, ni un Rodó, un José Ingenieros o un Aníbal Ponce, como en el Río de la Plata. Ni los tenemos todavía.

En el campo de las ciencias humanas nos proyectamos más hacia la historia y especialmente la economía, que hacia las disciplinas filosóficas. En estos otros campos el desarrollo del marxismo supuso una aguda lucha frente a las corrientes predominantes en esas áreas. En el campo histórico, contra las tendencias nacionalistas, influidas por el idealismo irracionalista alemán y sus seguidores españoles -Ortega y Gasset entre otros-. Igualmente hubo que luchar contra las corrientes inspiradas por el tradicionalismo católico español -Vázquez de Mella, por ejemplo-, que hicieron escuela no sólo en la Universidad Católica, sino que también en las Universidades laicas.

En la economía, las primeras generaciones de economistas chilenos progresistas reconocían en Keynes y luego en la llamada escuela “cepaliana”, con Raúl Prebisch a la cabeza, a sus mentores ideológicos, más que al marxismo. Incluso gentes que política y hasta filosóficamente se definían como marxistas, en su especialidad como economistas pensaban de acuerdo a esos esquemas “cepalianos”, que recogiendo algunas categorías marxistas, en su esencia no superaban los supuestos básicos de la ideología burguesa.

En el área sociológica, desarrollada con posterioridad a la económica, por los años 50, el adversario ideológico principal lo constituía la escuela empirista norteamericana, en su versión estructural funcionalista. Fue en los Estados Unidos donde se formaron nuestros primeros sociólogos, y era natural entonces que fuese la sociología imperante en ese país la que luego orientara los primeros pasos de la sociología universitaria chilena.

Con las consideraciones anteriores queremos significar que la llegada y el desarrollo del marxismo en la Universidad no fue fácil, porque el campo ideológico estaba ya ocupado, y no por ideologías anticuadas, sino por las corrientes más novedosas del pensamiento burgués -como el desarrollismo “cepaliano” en economía y el estructural-funcionalismo en sociología-. Incluso muchos de los profesores que finalmente internalizaron el pensamiento marxista, se formaron académicamente en sus años mozos, como tributarios de esas corrientes de moda del pensamiento burgués.

En síntesis, creo, como ya lo expresé más adelante, que no obstante que el marxismo fue recibido en la Universidad en los años sesenta y se instaló en sus aulas, no alcanzó allí a madurar como para hacer significativamente abundante y creadora su producción intelectual, ni menos aún como para hacer escuela y convertirse en ideología hegemónica en la Universidad. Yo diría que en el campo de las ciencias sociales se avanzó más, así y todo, que en el estrictamente filosófico, o en el de la filosofía de las ciencias matemáticas y naturales.

Hubo en este ámbito pues, un déficit en el desarrollo del pensamiento de la izquierda, que alguna relación guarda con las insuficiencias generales que en el terreno ideológico podemos constatar durante el Gobierno de la Unidad Popular y que nos impidieron pasar a la ofensiva en este campo y arrebatar a la reacción y a la burguesía la hegemonía ideológica de la sociedad. Todo lo cual, es claro, favoreció el desarrollo de la contrarrevolución.

La publicación en edición chilena del libro de Mariátegui, “Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana” (Santiago. 1955, Colección “América Nuestra”, dirigida por Clodomiro Almeyda) ¿puede interpretarse como un signo precursor de la preocupación por el problema latinoamericano, en un país que en general pareciera haberse mostrado durante mucho tiempo más bien indiferente a esa realidad?

-Los “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” constituyen sin duda una obra clásica, para lo que pudiéramos llamar la sociología marxista latinoamericana. Así como en el ámbito filosófico lo son las obras -desgraciadamente poco difundidas-, de Aníbal Ponce, en especial Educación y Lucha de Clases y Humanismo burgués y humanismo proletario.

Pero yo no veo una relación directa entre la publicación en Chile en la colección “América Nuestra” de ese libro de Mariátegui en los años cincuenta, y la preocupación por la teoría de la revolución en América Latina que se manifestó en los años sesenta. Este último fenómeno se produjo -creo yo-, como un efecto de la Revolución Cubana, y de las polémicas que surgieron al respecto, y que parcialmente cristalizaron en la llamada sociología de la dependencia, que era el gran tema teórico de los años sesenta y alrededor del cual escribían y disputaban Ruy Mauro Marini, Andrés Gunther Frank, Teotonio do Santos, Fernando Enrique Cardoso, Helio Jaguaribe, Enzo Faletto, Eduardo Ruiz y tantos otros.

No me parece que en esta preocupación por los problemas latinoamericanos -desde el ángulo de la dependencia- haya jugado un papel importante la obra de Mariátegui. La dimensión histórica y cultural de la realidad americana, que está presente de manera principal en Mariátegui, no aparece relevada en las discusiones de los marxistas latinoamericanos de ese decenio sobre el tema de la dependencia, las que a mi juicio desprecian u omiten el rol de los ingredientes supraestructurales en el análisis del proceso social, concentrando exclusivamente su atención en las variables económicas y propiamente sociológicas, pero interpretando a estas últimas como mera proyección de lo económico en la estructura y la lucha de clases, sin reparar en el rol que juegan los elementos propiamente históricos, políticos y culturales, en cuanto instancias específicas de la sociedad, aunque dependientes en último término de los límites y perspectivas con que las enmarca la estructura económica. Desde este punto de vista, veo yo una analogía entre Mariátegui y Gramsci, en su común interés por destacar la influencia de la dimensión histórico-cultural de la sociedad en la forma y modalidades con que se desarrolla la lucha de clases en los diferentes contextos sociales y nacionales. Y la forma, para los marxistas, no es un epifenómeno del contenido, sino que lo integra como elemento suyo

 

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