El proceso iniciado en Brasil contra Dilma Rousseff demanda toda nuestra atención porque tiene y tendrá gravitantes consecuencias.

Estamos ante un tema político y geoestratégico preanunciado con los “golpes blandos” perpetrados en Honduras y Paraguay. En efecto, recordemos que a mediados de 2009 fue derrocado y expulsado del país el presidente hondureño J. M. Zelaya. Su delito fue haber intentado cambiar la Constitución por medio de una Asamblea Constituyente. Por su parte, en 2012, el presidente paraguayo F. Lugo también fue defenestrado a través de un juicio político que logró alejarlo de sus funciones. Pero, esto no fue todo, para espanto de la comunidad internacional, los parlamentarios que le acusaban de abandono de sus deberes constitucionales, en forma insólita, le otorgaron solamente dos horas para preparar su defensa constitucional. La suerte de ambos presidentes había sido sellada por la decisión de encabezar reformas estructurales en beneficio de las mayorías secularmente excluidas. Luego, con el acto formal de la restauración (nuevas elecciones), vino el silencio y el olvido de las Cancillerías y de las fuerzas democráticas.

Pero, había quedado latente una estrategia.

Los golpes blandos son parte de una “estrategia inteligente” que debe entenderse en un contexto mundial complejo. La actual tendencia internacional se caracteriza por la crisis en el centro, un fin de ciclo en la periferia, y colapso en la semiperiferia. Hacen parte de este panorama desolador la persistencia de la crisis económica, la presencia de la guerra, el cambio climático y las tres crisis (energética, agua, alimentaria), fenómeno profundizado por la depredación de la naturaleza. Entonces, las turbulencias económicas, las guerras, los deshielos, las migraciones masivas, el aumento de la miseria, la centralización y concentración del capital, son fenómenos que anteceden a una trayectoria histórica que posiblemente será más lúgubre que la anterior por las demandas del neoliberalismo para salir de la crisis. En este contexto, el golpe blando que afecta a Brasil no es un caso aislado, no tiene vida propia, es parte de un proyecto geoestratégico mayor del mundo unipolar.

Ayer fueron Honduras y Paraguay, hoy es Brasil…mañana?

El sistema-mundo se encuentra en medio de un conflicto de proporciones. La unipolaridad norteamericana entró en pugna con la multipolaridad asiático/europea. Aún más, diversos especialistas están visualizando un cambio de hegemonía mundial a mediano plazo por el debilitamiento norteamericano. Por lo tanto, no son teorías conspirativas las que permiten conjeturar la enérgica reacción de Washington. En efecto, por razones geopolíticas y ante la persistencia de la crisis, la vía marcada por el “Mapa Peters”, se orientó a la fragmentación de Irak, Siria y Yemen, a debilitar al Líbano, Palestina, Irán y Turquía. Para, finalmente, abrirse camino hacia las antiguas repúblicas soviéticas, controlar la producción petrolera y sacar a China y Rusia del Medio oriente y del Mediterráneo. Entonces, la “destrucción creativa” se manifestó arrasando pueblos en medio oriente y arrastrando al campo de batalla a la socialdemocracia europea.

Pero, eso no es todo, ya comenzó la campaña para cercar al presidente de Sudáfrica, uno de los socios de Brasil en el BRICS. En suma, al parecer estamos más allá de un impeachment y más cerca de una maniobra geopolítica destinada a debilitar la competencia económico-social que irrumpía desde el mundo emergente, un golpe duro para las pretensiones de la India y China e inmovilizador para la recuperación rusa. El golpe producido en Brasil es parte, entonces, de una estrategia que continuará ahondando el conflicto en Venezuela y que luego posiblemente ajustará cuentas a bolivianos y ecuatorianos. Incluso, los chilenos estamos recibiendo la onda expansiva de la agresión. El Washington Post, al incluir recientemente a la Presidenta Bachelet en la lista de mandatarios vinculados a casos de corrupción, está notificando que las reformas estructurales son acotadas y para mantener el funcionamiento sistémico.

Por eso, no puede haber contemplaciones ni vacilaciones en la condena. El latinoamericanismo no puede reducirse a una declaración formal. Pero, también somos parte de un sistema-mundo, por lo tanto, recibimos las ondas de sus conflictos y anhelos. Estamos viviendo una época en que al decaer las ganancias, el capital adoptó la forma de capital financiero atrayendo el conflicto económico, la guerra y ahora el golpe inteligente. Pero, esto no significa que estemos condenados a un nuevo ciclo de amarguras y retrocesos con un curso derechista en ciernes. Por el contrario, este es un momento de exigencias, de reconstrucción y de movilización, porque bien sabemos los chilenos lo que significan los golpes de Estado.

En esta perspectiva debemos plantear medidas efectivas; entre otras, no reconocer al gobierno interino (como lo han hecho los salvadoreños), suspender la presencia de nuestro embajador por los seis meses que durará el impeachment, o alguna otra medida que salga al paso a la agresión.

Recordemos que en el nuevo gabinete brasileño ya no hay mujeres, tampoco afrodescendientes y que se eliminó el área de los derechos humanos. Entonces, solo medidas fuertes y decididas preservarán a nuestros pueblos de la regresión antidemocrática. Pero, también debemos enfrentar a nuestros propios fantasmas combatiendo a los principales enemigos de la democracia: la corrupción, la desmovilización y las reformas temerosas.

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